El Megacamote II
Probablemente nada de lo que ahora les platicaré
sea del todo real. Por favor, ténganme tantita consideración:
estoy a dieta, tengo los bronquios como estopa de gasolinero y
los Pumas van rumbo al precipicio convertidos en ratones y guiados
por ese extraño flautista de Hamelin que es el Tuca Ferreti. Es
decir, mi visión del mundo está alterada por los factores ya enunciados
y por el desempeño post-electoral de AMLO quien, a sangre y fuego,
sigue marcando el ritmo y redactando la agenda nacional. Si recordamos
toda la turbulencia que organizó cuando, por falta de residencia,
no lo querían aceptar como candidato a la jefatura de gobierno
del DF, caeremos en la cuenta de que ya son seis años largos de
protagonismo político de Andrés Manuel. Y miren que le tocó un
sexenio donde se suponía que la presencia estelar iba a ser Vicente
Fox. No fue así. En unos cuantos meses, AMLO ya había atraído
todos los reflectores sobre su tabasqueña persona. Desde entonces
y hasta hoy. Los crispados días del megacamote.
No hace mucho, durante una amistosa cena, un amigo y yo especulábamos
sobre el único tema de conversación que hoy tenemos los mexicanos
y llegábamos a la conclusión de que, mientras dejemos que los
políticos sean los que escriben el guión de la realidad mexicana,
ésta va a salir tan inverosímil, tan mal actuada, tan deforme,
tan cursi y tan irreal como cualquiera de las telenovelas de época
que se avienta Televisa donde todo ocurre en un tiempo y en unos
lugares irreconocibles para que ahí se den cita todos los sobrantes
de vestuario que tiene la empresa y así podamos ver a Sor Juana
dialogando con un charro, mientras de un carruaje desciende el
Corregidor de Querétaro que viene en compañía de Leona Vicario
a platicar con Chucho el Roto. La escena está iluminada a ratos
con velas, a ratos con quinqué y luego vuelve la luz. A todo esto,
Lucerito pare hijos de diversos padres, Benito Juárez, Juan Diego
y Pancho Villa, pero siempre mantiene su dignidad intacta y su
entrañable amistad con su comadre, la Gordillo. Así está la cosa.
Urge que los ciudadanos le arrebatemos el teclado a estos zopencos
y creemos una realidad, valga la expresión, más real.
Si seguimos con el libreto de los políticos pueden pasar cosas
como la siguiente: supongamos que, a tanto fregar, el TRIFE acepta
el recuento voto por voto, casilla por casilla. Alguien se ha
preguntado ¿cómo sería la logística de esta tarea?. Primer paso:
traer al DF los 130 mil paquetes electorales. Segundo paso: ¿dónde
colocamos de manera segura y vigilada estas toneladas de documentos?.
Tercer paso: ¿en qué lugar se haría físicamente el recuento de
todo esto?. Digamos que conseguimos un megaespacio para colocar
mil mesas de trabajo con todos los implementos necesarios para
el recuento; supongamos también que habrá que conseguir mil equipos
para que cada uno sirva a una mesa y recuente mil paquetes; supongamos
asimismo que sobre cada uno de estos equipos andarán revoloteando
los representantes de los partidos y del TRIFE. No es difícil
imaginar a estos representantes pegando de gritos porque alguien
contó de más o de menos; ya por seguir suponiendo, imaginemos
que hay un acuerdo entre las mil mesas y se llega a una cifra
que sigue favoreciendo a Felipe por escaso margen. AMLO vuelve
a brincar y organiza la Toma de la Bastilla y denuncia el fraude
pre-electoral. ¿Se han preguntado si todas estas faenas son posibles?,
¿cuánto costarían? y ¿de qué servirían?. La única utilidad real
es que sirvieran para darle el triunfo a AMLO y esto desembocaría
en otro desmadre y en una ciudadanía sin la menor confianza en
sus instituciones electorales.
O sea que hay que quitarles el guión a los políticos y que llegue
la hora de los ciudadanos.
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