Ustedes no saben, ciberlectores
queridos, las incontables penurias de un padre soltero.
La madre, con tal de largarse a Aguascalientes, dejó
en mi puerta una canastita que contenía un infante de
diez años conocido entre el hampa como “El
Bucles”. El primer problema fue sacarlo de la canastita.
Ahí comenzaron los otros problemas. El que me tiene apendexado
en este momento es su horario. Yo me levanto a las nueve y me
duermo hacia las tres de la mañana. Él se duerme
a las diez y despierta (lo levantan a puro alarido) a las 6:30
AM. ¿De dónde sacan la insostenible
teoría de que un infante puede aprender algo a esas méndigas
horas?. Como comprenderán, mi opinión no
importa, el Bucles tiene que entrar a la escuela antes de las
ocho de la mañana y yo tengo que atestiguarlo si no quiero
ser objeto de un zarpazo de su madre, La
Jaguara,
que amenazó con regresar.
Tan enorme es mi pavor que hoy me desperté a las 6:30
hecho un estúpido. Padre e hijo se miraron con intensa
y silenciosa perplejidad, yo desayuné un yogurt y él
un indescifrable cereal con leche descremada y deslechada. Zarpamos,
llegamos a la escuela a las 7:30 AM. Apenas estaban abriendo
la institución. Deposité a mi producto que me
miró con odio. Estando ya solo, me pregunté: ¿y
ahora qué fregados hago?.
¡Eureka!,
grité, como gritó Arquímedes al contemplar
la marca de su tinaco. Yo estaba invitado a una junta de apoyo
a los niños mudos y sordomudos de esta ciudad de México.
Ahí me apersoné. Llegué con ese aire que
adoptan los mexicanos que están “dispuestos
a ayudar pero con muchos sacrificios”. Salí
con aire embelesado. Las manos de los niños que hablan
apasionadamente con el hermoso sistema mexicano de señas
es una bella imagen de palomas en fuga.
Pero además, un hombre joven y sabio nos contó
por qué los mexicanos estamos genéticamente preparados
para hablar a señas. Resulta que este lenguaje de las
señas fue el idioma universal de las culturas mesoamericanas.
La habilidad de Malinche fue conocerlo
y así poder comunicarse con todas las etnias. Por eso
también aquel Colegio de Tlatelolco
que fundó Sahagún (el bueno de la familia) no
se convirtió en una Torre de Babel. Había otomíes,
nahuas, purépechas,
mayas y todos hablaban a señas.
Es una historia fascinante. Si quieren que les cuente más,
escríbanme a esta su Plaza.
Termino con algunas señas:
Caracolito y Roqueseñal para nuestros
políticos.
Señal de cordial invitación a ustedes,
queridos lectores. Así con mi manita tableteando sobre
el corazón (tap,
tap, lavatap) los invito a que se queden con nosotros en esta
Plaza. Y también los invito a: IPANEMA
(curso de saudade y bossa nova).
Jueves (todos los jueves) a las 9:00 PM con Joao Henrique, Nacho
Méndez y su Charro Negro. ¡¡¡Planta
de Luz!!! (5616 4761/62). Cuando lleguen, me
hacen una seña.