Las Claras Tardes
La tarde de finales de enero de 2007 cae tan
dulcemente que parece una múltiple caricia sobre la ciudad. El
clima está loco, pero siempre lo está en enero; los capitalinos
vamos en un santiamén del calor casi rencoroso, al frío lleno
de blancas cuchillas y aquí en San Ángel, al empedrado le va cambiando
la cara. Sin embargo, las tardes…
Estas tardes de enero en el alto Valle del Anáhuac llegan con
un viento bienhechor que restaura aquella antigua limpidez que
sorprendió a los conquistadores (aire delgado, le llamaban) y
que encontró en José María Velasco su más fiel y complacido cronista.
“Historia de la luz en el Valle de México” podría ser un título
que abarcara toda su obra.
Pero no quiero distraerme, Velasco ya murió y sus ojos llenos
de México están cerrados. Sin embargo, la dulce, la amable tarde
de enero permanece y yo ni siquiera salgo a verla, ella viene
a visitarme y yo la recibo con pleno alborozo. Sé que hoy tendría
que haber terminado con mis reflexiones sobre mi Kapuscinski.
Otro día será; hoy me visitó la tarde y nada puede distraerme.
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