Los Embajadores
Parte importante de los festejos y fastos de
principios de sexenio es la animada selección de las ilustres
y sacrificadas personas que nos habrán de representar en
las naciones extranjeras. Es la danza de los embajadores. Muchas
familias mexicanas barajan varios nombres siempre con la ilusión
de que alguno salga para poder gorrear
la estancia aunque sea en Montevideo, o en la capital de Burundi.
No hay queja. Se trata de un juego inocuo y casi siempre fallido.
Por lo demás, ya es hora de que alguien no tan sólo declare y
actúe en consecuencia: a estas alturas del siglo XXI y con el
desarrollo de la comunicación tecnológica, el
cuerpo diplomático, las embajadas, los cónsules y los embajadores
sólo sirven para estorbar y para sangrar al erario. Son
una bola de inútiles. Todo lo bueno que se pueda conseguir o rescatar
de algún malentendido entre dos naciones se obtiene en una videoconferencia
inteligente; todo lo malo lo suelen obtener los embajadores
con sus babosadas y sus puntualizaciones y sus arrebatos de honor
patriótico. Créanme, los embajadores estuvieron bien en el siglo
XVIII y aun en el XIX y parte del XX; ahora
son una costosa supervivencia arqueológica perfectamente sustituible
por una computadora y un acceso a Internet. Seguimos haciéndola
de emoción y seguimos pensando que ciertas embajadas son particularmente
delicadas para la supervivencia nacional; por lo tanto, los embajadores
en esos sitios son claves. Puras papas. Lo único indispensable
para la supervivencia nacional es que nos
pongamos a trabajar, lo demás es telenovela. Si ponen al
Perro Bermúdez de embajador en Washington lo único que podría
pasar es que los gringos nos supliquen su retiro, pero de ahí
no pasa. Créanme: ya no sirven los embajadores
para maldita la cosa.
De acuerdo con Monsiváis, el único
embajador que seguimos necesitando es el embajador de México en
México. A todos los demás nos los podríamos ahorrar.
|