Las Inminencias
Carlos Monsiváis alguna vez comentó que al mexicano
lo que le gustan son las inminencias. Yo estoy totalmente de acuerdo
y además me declaro mexicano porque me pasa exactamente lo mismo.
A nosotros nos gusta mucho que algo esté a
punto de ocurrir; lo que finalmente ocurra por más benéfico
o trágico que resulte, nos produce una emoción mucho menor que
la inminencia. Creo que por esto sufrimos, gozamos y nos emocionamos
tan intensamente con todo lo que ocurrió en el país del 2
de julio al primero de diciembre. No sabíamos quién iba
a ganar, ignorábamos si iba a ganar de buena manera o en mitad
de un brote violento de rebelión civil; no sabíamos si una vez
declarado el ganador, sus contrarios le permitirían tener acceso
al poder y eventualmente ejercerlo. ¡Puras
inminencias!.
Hagan un ejercicio de memoria cronológica y emotiva. Que yo recuerde,
jamás a los tenochcas nos había brillado
tanto el ojo, sudado la mano y trastornado el sueño. Andábamos
electrizados y cuanto ocurría nos ponía en un estado de alerta
máxima y con ganas de salir corriendo, aunque
no supiéramos bien en qué dirección. Lo que decía el uno,
lo que hacía el otro, lo que ocurría en los periódicos (la televisión
que, supuestamente está a nuestro servicio, decidió que uno de
los contendientes no existía y no lo dejó ni asomarse a esas pantallas
que, meses antes, llenaba día tras día. Con esto canceló su derecho
a jugar a la inminencia), lo que se comentaba en la radio y sobre
todo los chismes, rumores, borregos y supuestas confidencias que
circulaban de boca en boca. Todo esto colaboró
a edificar la más grande inminencia del México moderno.
Cuando resultó un ganador y éste, contra lo que fuera, hiciera
valer su triunfo, a los mexicanos nos vino una gran melancolía.
Para ésta, no importaba cuál era nuestro candidato, lo que nos
tenía (quizá nos sigue teniendo) postrados era el final de la
inminencia y el triunfo de la escueta y pragmática realidad. Terminaba
ahí un periodo de florecimiento de nuestra imaginación.
En esto reside la intensidad y el atractivo de la inminencia:
como no sabemos lo que en verdad pasará, tenemos posibilidad y
derecho a imaginar todos los desenlaces posibles.
Una modesta proposición: no estén tristes.
Si lo piensan bien, cada día amanece éste con el rostro de la
inminencia. Ahí en la regadera, o mientras vas al trabajo, puedes
imaginar lo que está a punto de ocurrir. Es hora de vivir. Un
pensador francés dice: la única manera de que ocurra lo inesperado
es esperarlo.
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