Sopita de Pollo
Una semana; llevo una semana entera enfermo
de la panza. En tales condiciones y después de tomar medicinas
repulsivas y los alimentos más horrendos e insípidos, creo que
es un mínimo acto de justicia rendir un vibrante homenaje al caldo
de pollo y arrocitos que lo acompañan. Creo que sin él,
no hubiera yo sobrevivido. El caldito de pollo es legal, sabe
a lo que sabe aunque sepa a poco, admite la redención que significan
unas gotitas de limón y cumple sin
distracciones su tarea de reconstruir con cariño, sabiduría y
ternura ese sistema digestivo que acaba de explotar. A punto de
ser dado de alta, entono hoy las loas de este platillo sencillo
y maravilloso. Bendito sea Dios que le dio al hombre esa
iluminación que lo llevó a crear la sopita de pollo.
Y así como la gastronomía le brinda a los caídos en el deber el
infinito y salutífero consuelo del
caldito de pollo, la vida también nos ofrece la cercanía de seres
que nos resultan igualmente saludables. Toda la gracia reside
en saber distinguir a la persona –pollito,
pues si bien existen, muchas veces no se pueden distinguir entre
tantos seres nocivos cuya vida por desgracia incide con la nuestra.
A ustedes les consta que hay personas que son como
tacos de tripa, otros son unos hígados
encebollados, muchos más resultan malos e indigestos guisos
y sólo unos cuantos y cuantas son personas-pollito quienes sin
conflicto, con paciencia y con ternura nos
traen de regreso a la vida. Son personas amorosas, abullonadas,
suavecitas. Benditas sean también ellas; porque gracias a ellas
la salud regresa y la vida recupera su imperio. Que
así sea.
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