La Patente de Corso
Un inesperado día de descanso en Cancún me ha
permitido ver la mitad de los partidos de esta fase de la Eurocopa,
el torneo que a no dudar nos ofrece el futbol de más calidad en
el mundo; ya quisiéramos en la Copa del Mundo ver el nivel de
futbol que tiene la Eurocopa, un cotejo imposible de imitar en
ningún otro lugar del planeta por el sencillo hecho de que en
ninguna otra parte encuentras tantos equipos de calidad tan similar,
ni te encuentras con una geografía que permita los rápidos desplazamientos
de Capital a Capital que un torneo así requiere. Esto es lo que
vuelve imposible y a veces ridícula la Copa Libertadores de América
que ya nada más necesita un viaje a nado por el Amazonas para
volverse un selvático tormento; pero no es de esto de lo que me
quiero ocupar ahora. Quiero hablar de lo mucho que me llamó la
atención ver que en los actuales equipos europeos ha resucitado
plenamente la antigua patente de corso.
Desde que existe la piratería, existe el señor dispuesto a arriesgar
su dinero para apoyar al corsario y compartir con él las ganancias
cuando las haya. En los siglos que van del XVI al XVIII, los corsarios
florecieron en el Mar Caribe a costa de las riquezas que los mal
armados galeones españoles extraían de América. Movidos por la
aventura y por la ganancia inmediata, muchísimos asaltantes y
marinos europeos vinieron a América y sembraron el terror en el
Caribe. Eran de todas las nacionalidades y se acogían a todas
las banderas. Era tal la mezcla que un barco con patente inglesa
terminaba tripulado hasta por lapones, daneses, suecos, flamencos,
apátridas, africanos y quizá dos o tres ingleses. Todo esto lo
permitía la patente de corso y ahora lo permite el pasaporte comunitario.
Un equipo español puede estar lleno de holandeses; un señor egipcio
puede comprar un equipo inglés, llenarlo de africanos y dedicarle
sus victorias a la pesadita de la reina.
Nos dicen que el mundo progresa. Yo opinaría que el eterno retorno
gobierna nuestros principales asuntos. |