El lunes de esta semana me encontré con mi gran amiga
Denise Dresser. En esta ocasión
me platicó de un dilema moral y periodístico que
le torturaba la conciencia: ella se había prometido no
hablar más de Marta Sahagún,
pero, según me decía, esto le resultaba imposible
dado el ruidoso y permanente alboroto que sigue y seguirá
provocando la señora. Al oírla sentí un
inmenso consuelo pues yo ando en las mismas y así se
lo dije. Esto fue también un consuelo para ella. Doña
Marta es una mujer fatal, en todos los sentidos: es inevitable
y es enormemente dañina.
Ahora la damnificada por Doña Marta es la literatura.
Tal como amenazó, la señora ya publicó
un libro titulado “Caminando”.
Nadie se tomó el trabajo de avisarle que el gerundio
no puede ser empleado así. Es un caso de lo que los gramáticos
llaman “gerundio absoluto” cuyo uso lo único
que revela es tontería y total desconocimiento del idioma.
Y que conste que es nada más el título.
Un periodista, analista o comunicador tampoco puede soslayar
los desfiguros de las mensas demandas por
“daño moral” en contra de la Wornat
y “Proceso” y a favor de sus prósperos
retoños quienes, dada su edad, ya tendrían o deberían
tener capacidad para defenderse solitos. Esa señora es
una facha, pero una facha con poder.
Ahora acaba de declarar que tiene “agallas”.
Si entiendo bien, nos está avisando que ya no tiene pulmones
(a lo mejor los perdió “caminando”) y que
ahora respira mediante agallas que la convierten en la primera
huachinango hembra del centro del país. Tiene
razón mi amiga Denise. Marta Sahagún
es una inmerecida fatalidad mexicana.
Luego le seguimos. Gracias por visitar esta Plaza.