Ya comprenderán que ése es mi turno. Algo hay
en la economía de la condición humana que, para
cada logro o desventura que obtiene un ser humano, siempre hay
alguien dispuesto a transformar en palabras ese acontecimiento.
“Sólo yo sobreviví para contar esta historia”,
dice Ismael al final de Moby Dick. Dicho de otro modo: siempre
llega el turno del escriba.
La tarea del escriba no es poca cosa, es el edificador de la
memoria. Sólo es tuyo lo que puedas nombrar y sólo
seguirá siendo tuyo lo que puedas recordar y, te suplico,
ciberlector ciberlectora querida, que no pierdas de vista que
un recuerdo sólo puede ser formulado, aderezado, revivido
y re-presentado por la palabra. Así es que a ver si me
van tratando con un poquito más de respeto. Cotorreos
aparte, lo que quiero es recomendarles una muestra viva de lo
que estoy diciendo.
Serían los finales del siglo XIII, o los principios del
siglo XIV. En lo que ahora es Italia, estaban pasando muchas
cosas. Surgían los grandes banqueros, los grandes Mecenas,
los grandes filósofos, o poetas (Dante andaba por ahí),
o artistas, o viajeros.
No te será ajeno el nombre de uno: Marco Polo, pero muy
probablemente ignorarás el nombre de su escriba: Rustichello
de Pisa. Este último era prisionero de los genoveses
y esperaba en vano que alguno de los grandes señores
para los que había escrito (los grandes señores
no solían saber escribir) pagara su rescate. Ellos no
lo pagaron; lo pagó la vida. A la misma cárcel
donde gemía Rustichello vino a caer Marco Polo. Los dos
se hicieron amigos muy pronto y así Marco Polo le contó
con todos los detalles, reales o imaginarios, sus prolongados
viajes por el Oriente cercano y lejano. Rustichello con su habilidad
de escriba, todo lo anotó y, llegado el momento, lo vertió
en una obra que velozmente se volvió famosa e infame,
todo al mismo tiempo. Famosa porque los viajes son extraordinarios
y están contados con extrema habilidad; infame porque
todos dijeron que se trataba de puras mentiras. El tiempo ha
probado que esto no era correcto: por supuesto que hay mentiras
(todo cronista sucumbe a la tentación de embellecer la
realidad), pero es indudable que Marco Polo viajó por
el Oriente y llegó hasta la gran Cathay (China)…
Mucho polvo ha caído sobre estas historias.
Ahí tienen que en el siglo XXI, dos mujeres argentinas
decidieron rescatar esta hermosa historia de los dos cronistas
(el que dicta y el que apunta). El resultado es una hermosa
novela titulada “El turno del escriba” (Ed. Alfaguara),
las autoras se llaman Graciela Montes y Ema Wolf y el lector,
así lo deseo, lleva tu nombre.
Luego le seguimos. Gracias por visitar esta Plaza.