En el estadio de Hannover, la Selección
Mexicana, no tan sólo derrotó a la brasileña, sino que
le dio una completa lección de futbol. Sin sacar las cosas de
sus límites y sus quicios, opino que es un logro ampliamente
celebrable y un legítimo motivo
de júbilo.
Aquí es donde se atraviesa la proverbial capacidad mexicana
para aguarnos nuestras propias fiestas. Ya he escuchado rumores
bastante estúpidos en torno a que no se trataba de la verdadera
selección brasileña (por supuesto que lo era y les puedo asegurar
que el 90% de sus integrantes estará en el Mundial de Alemania),
que Brasil jugó
a media máquina (jugó lo que la selección mexicana le permitió
jugar) y que todavía no somos confiables porque seguimos fallando
los tiros penales (los que dicen esto ignoran dolosamente que
ese jugador que falló es el mismo que, con un grado de dificultad
mucho mayor que el que implica tirar un penal, metió el gol
de la merecidísima victoria. También dicen que México “se salvó”
porque Brasil tuvo varias oportunidades clarísimas de anotar.
Yo digo que las tuvo y no las aprovechó porque se apendexaron
gravemente, o porque intervino Oswaldo que es un magnífico portero
que juega para México.
El caso es que México todavía tiene
que aguantar a un importante segmento de su población que estará
siempre dispuesto a hacer irrisión y a entregarse a toda la
gama de los sentimientos trágicos cada vez que la nación o algunos
nacionales hagan el ridículo, o salgan derrotados, o sean víctimas
de la incapacidad o de la impotencia. En situaciones así, nos
entregamos al vigoroso sollozo y a la frustrada reclamación
contra el destino, contra los hados malignos, contra las potencias
divinas y contra el gobierno. Estos mismos cuates, los
enfermizos reyes de la quejumbre, son los que, cuando llega
la victoria, se dedican a disminuirla, a basurearla y a razonar
idiotamente (¿se podrá razonar idiotamente?) hasta
llegar a la conclusión de que si ganamos, fue porque el rival
decidió darnos una oportunidad.
Lectora lector querido, yo te suplicaría que abandonáramos esa
molesta agrupación que, aun sin decirlo, sostiene que toda derrota
mexicana es merecida y que toda victoria es casual e inmerecida.
No es cierto. Lo que están haciendo es manifestar el lado más
sórdido y enfermizo de nuestro inconciente colectivo. También,
por ventura, hay otro México cada vez más dispuesto a no dejarse
derrotar y cada vez más aquerenciado con la victoria. Esto es
lo que me parece enormemente celebrable.
Yo hice mi mejor esfuerzo para que el día del Padre me pasara
inadvertido; pero la vida me dio el inenarrable gusto de obsequiarme
esta victoria de México. Estoy
feliz como nadie; bueno, hasta creo que estoy
más feliz que Hugo Sánchez que,
como todo el mundo sabe, es el gran promotor de las victorias
del equipo de La Volpe.