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La Tumba Sin Sosiego


El inconmensurable Rubén Mendoza Ayala es verdaderamente una tumba sin sosiego. Comenzaré por explicar este título que ni siquiera es mío (es una pelota que me robé). En las primeras décadas del siglo XX, un inglés visionario y perspicaz llamado Ciryl Connolly pudo adivinar lo que serían la cultura y el arte del afligido siglo que acaba de terminar. Esta profética visión se convirtió en un largo ensayo que se tituló precisamente “La tumba sin sosiego”. Hay traducción al español y se puede conseguir en ediciones levemente piratas. Leerlo es entender que Connolly ya sabía que ese siglo que comenzaba iba a ser, como lo fue, un osario sin reposo, un infatigable apetito de muerte y una marcha permanente de muertos que no aceptaban el descanso. En el siglo XXI, la marcha sigue y los muertos desfilan infatigables. Uno de ellos, uno de tantos, uno de los más patéticos, se llama Rubén Mendoza Ayala.

El candidato del PAN a la gubernatura del Estado de México es un personaje singular. Si mi tía Rosa viviera, se preguntaría: pues ¿qué le vieron a éste?. Y es que en verdad no hay nada que verle. Él dice que es feo y lo es, pero no lo es de un modo que pudiera ser memorable; es un feyuyito más de ésos que abundan en los niveles medios de nuestra burocracia. Es totalmente desangeladito y carece de la menor gracia. Cuando habla sobrio, parece que está borracho y cuando habla borracho, se transfigura en mandril ululante. Le da por robarse las pelotas y por decir unas mentiras babosísimas, carentes del menor sustento y sin ninguna bendición artística. A mi juicio, no tendría que haberse postulado (ni tendría que haber partido que lo postulara) ni para presidente, ya no digamos de su condominio, pero ni de su propia casa.

Es absurdo y un tanto ruin insultar por insultar; pero “los personajes públicos” se asoman al balcón (hasta pagan) precisamente para someterse al escrutinio público y esto lo hacen con una regla que, si bien no está escrita, es obligatoria para la ética de la comunicación: el personaje público deberá ser juzgado exclusivamente por su conducta pública, aún en el caso de que éste juegue a exponernos su intimidad. Eso estoy haciendo. El inefable Mendoza Ayala proclamó públicamente que es feo (hacer esto es horrible), públicamente se robó las pelotas de los niños tricolores (si es que existe una especie tan degradada), públicamente asistió a un restorán nada barato y, a sabiendas de que va a perder, invitó a una crecida turba de mozalbetes a comer y a beber, me imagino que con cargo a nuestro dinero y no a su cartera. Como yo atestigüé esto, bien puedo decir que me consta.

El mismo Mendoza Ayala estuvo hoy jueves 23 con Carmen Aristegui y ante ella (quizá ignoraba con quién se estaba metiendo), se manifestó republicánamente ofendido por los dispendios de su rival, el niño tricolor. Por supuesto que el mozalbete priísta ha gastado (o han gastado en él Montiel y sus patrones) cantidades insultantes; pero no son menos insultantes las que se ha gastado Mendoza Ayala. Por mí, en ambos tendría que cumplirse esa maldición bíblica-jalisciense: al que obra mal, se le pudre su tamal. Después de este arrebato, el señor de las bolas cayó en las dulces manos de Carmencita. Ella le dijo con mucha ternura que era un mentiroso, un ladrón de pelotas, un baboso y un incoherente. Lo que él contestó simplemente sirvió para comprobar que Carmen tenía razón.

Si me preguntan acerca de la posible lástima que me pudiera provocar este sujeto, contestaría rotundamente que no experimento ninguna. Me producen una enorme compasión mi país y el Estado de México que el 3 de julio tendrá que escoger entre un mequetrefe teledirigido, un burócrata falsario e incoherente y una mujer que ya renunció a gobernar y que ya lo único que quiere es que le respeten su derecho a llamarse como se llama.

Luego le seguimos. Gracias por visitar esta Plaza.



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