Dos calamidades nacionales. Ambas me dejan sin habla. Nada más
faltaba que, a mis 61 años recién cumplidos, tuviera yo que
salir a defender a Memín Pinguín. Conozco
la historia y conocí a la familia que se hinchó de dinero con
este mequetrefe mamón. Todo ha sido enormemente ridículo e irrelevante,
pero entre políticos tan menores como los que ahora hay en Washington
y los que padecemos aquí (Derbez, por ejemplo, sería un caso
mayor de ineptitud rampante), se han encargado de convertirlo
todo en un asunto de Estado y en un tema de relevancia internacional.
Por una parte están los descerebrados que, siempre urgidos de
sobarle el lomo a ese ente indefinible y manejable llamado
“pueblo”, consideraron que el ridículo
e inverosímil mocoso diseñado para estimular la tontería de
la gente y para producir ganancias, era elemento importante
en la “cultura popular”. Éstos son idiotas profundos; pero allá
en Norteamérica no se dejan superar en idiotez (y en urgencia
de revancha ante el deplorable manejo de las tonterías que Fox,
sin dignarse pedir disculpas, dijo acerca de los negros) y por
ello decidieron aventarnos una bronca que no tiene más beneficiaria
que la familia Vargas Dulché. Todo es tan enormemente ridículo
e insensato, que los medios podrían haberlo dejado pasar; pero
no, se trataba de una “noticia” y como ya todos nos perdimos
el respeto, pues los medios han decidido ordeñar esta impresentable
vaca que no merece ni unos segundos de atención. La historieta
es pésima (ya la van a reeditar), homenajearla con una estampilla
postal es una estupidez, darse por ofendido es una perversa
y abismal tontería y comprar la bronca es una mensa frivolidad
política. También es indigno ocuparse del tema, así es que aquí
cierro el piano y ofrezco que nunca más tocaré este vals.
Ahora viene a escena Vicente Fox que
declara la electrizante emoción que le produjo estar con miles
y miles (dos mil más dos mil) de mexicanos que, el 2 de julio,
se animaron a ir al Ángel y celebrar la democracia con una fiesta
a la cual, dice Fox, lo “invitaron”. Como en el caso del tal
Memín, todo esto es alarmante y ridículo. La famosa fiesta,
tal como se planeó minuciosamente, resultó un penoso fracaso,
no fue nadie, no pasó nada y la ciudadanía mexicana mandó el
mensaje de que ya está harta de tanta tontería y tanto fingimiento.
La lectura más alarmante nos muestra a un Presidente que ya
perdió todo sentido de realidad, que ya vive en su mundo raro
y que, puestos a comparar, resulta tan patético, tan inverosímil,
tan indigno de homenaje y tan ridículo como Memín Pinguín.