La Plaza del Angel
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¿Sobrevivirán Los Libros? I


Puras tragedias. Hoy es martes 12 de julio y mi vida conciente principió a las siete y media de la mañana. Para mí, esto ya es un arranque trágico. La vida aceptable comienza, lo he comprobado, a partir de las once de la mañana y entra en fase gozosa en cuanto suenan las ocho de la noche. El caso es que desperté mal, pero seguí peor. A las nueve en punto, yo tenía que estar, por insistente invitación de Planeta mi casa editorial, en un hotel capitalino. Ahí los editores y los escritores incautos nos daríamos cita para anunciarle al mundo la nueva, no necesariamente deleitosa, de que ya habíamos escrito otro libro y de que, no contentos con esto, pensábamos publicarlo.

Semidormido recorrí el trayecto y las quince neuronas que estaban de guardia me dijeron: eres un idiota, vas a ser el único que llegue a estas horas, ni los escritores, ni los editores que se respeten están de pie antes de mediodía. A las nueve en punto llegué al lugar indicado. Mi trémula conciencia se había equivocado: era falso que no hubiera nadie, estábamos un editor y yo. Casi una hora tuvimos que esperar a que se juntara algún mínimo contingente para compartir con él las felices noticias de las que éramos portadores.

Tú, lectora lector querido, ¿has asistido alguna vez a alguna de estas actividades que requieren del uso de un micrófono y han presenciado el milagro de que este micrófono funcione a la primera?, ¿verdad que no?. Las relaciones entre México y la tecnología son siempre hostiles, tensas, difíciles. Lo normal es que el micrófono no se oiga, entran en acción dos o tres canchanchanes con playeras de los Oakland Raiders, mueven fierritos, el micrófono rechina de modo atronador, luego el que va a hablar toma el micrófono en sus manos y recibe una descarga brutal, se repone y anuncia que va a hablar a grito pelado.

Toda esta ruta la recorrió mi editor en jefe quien, a puros alaridos, se refirió en general a todos los hermosos títulos que Planeta pondrá al alcance del público lector en esta temporada otoño-invierno. Tan bella exposición fue ilustrada con diapositivas que tendían a no coincidir con lo que el heroico editor estaba diciendo. Cuando dijo Germán Dehesa, apareció el agraciado rostro de una revelación de la prosa chilena. Yo me sentí halagado, pero mi editor ya estaba francamente mosqueado. Dejo ahora la palabra, dijo mi editor, a los autores que hoy nos acompañan. Se refería a mí, a Héctor Aguilar Camín con cara de chinguiña y al recopilador de los mejores textos de “La Mano Peluda” que será un éxito editorial.

Yo salí y casi pedí perdón por haber urdido “¡Qué modos!”, un libro que dedico a los extravagantes usos y costumbres de los aztecas. Luego vino Aguilar Camín que, en franco plan apocalíptico, anunció que muy probablemente nosotros seríamos de los últimos que publicarían su obra en forma de libro, porque la infatigable marcha de la tecnología y el progreso muy pronto nos convertirían, a nosotros y a los libros, en unas reliquias. A mí me dieron ganas de chillar, no tanto por los libros, sino porque con el desmañanón estaba yo muy afectado.

El destino de los libros también me preocupa porque tengo muchísimos y porque me hubiera gustado escribir algunos más. De cualquier manera, a esta columna ya se le hizo tarde. En mi próxima colaboración, te seguiré contando lo que opino acerca de la eventual desaparición del libro.

Luego le seguimos. Gracias por visitar esta Plaza.



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