El arte es “otra” realidad. Hay
que comenzar por decir esto. Nada ocurre en el arte como en
la realidad, pero nada ocurre en el arte que no sea producto
de la realidad. Todos aquéllos que quieren convertir su vida
en una obra de arte (buena o mala) tendrían que comenzar por
entender esto.
Y no se trata de que pretenda yo lastrar su fin de semana con
una larga reflexión sobre las cosas tal como ocurren en el arte
y tal como ocurren en la vida. Ya Don Quijote y Doña Emma Bovary
han demostrado sobradamente las magníficas catástrofes que ocurren
cuando se pretende vivir la vida como si ésta fuera una novela
de caballerías, o como si fuera una novela sentimental. Lo mío
es más sencillo.
Ocurre que estoy en París y que, entre otras cosas, he venido
a comprobar que la vida es de un modo en esa forma del arte
llamada cine (a pesar de las ficheras y de los hermanos Almohada,
el cine es considerado un arte) y es de otro modo en el ámbito
de la realidad. Miren, en París hay unos
barquitos llamados Bateau Mouche (barcos mosca) que recorren
el Sena y sus puentes de ida y vuelta. En las películas,
todo es maravilloso, la música, la iluminación, la concurrencia,
el recorrido, el clima, los asientos y el sonido ambiental son
perfectos, adecuados, vistosos y lucidores. Los protagonistas,
digamos Audrey Hepburn y Cary Grant, si están enojados, se contentarán
muchísimo con el recorrido, si están contentos, se jurarán amor
eterno y convendrán en casarse en Idaho y si no se conocen,
experimentarán una pasión fulminante. Para eso están París,
el río, el barquito, los puentes y todo.
Como yo conozco a fondo esta edulcorada filmografía y como vengo
en una muy grata y dulce compañía, decidí que lo conducente
para terminar de aflojar tuercas sería un recorrido nocturno
por el Sena en Bateau Mouche. Ya
estuvo, me dije.
Desde que llegamos, nada fue como en las películas. La embarcación
ya estaba pletórica de distinguidos miembros de la sociedad
internacional de nacos: mocosos gringos, japoneses y alemanes;
parejas retiradas (del trabajo y entre ellas), grupos de odontólogos
peruanos y de proctólogos rusos. No había música y la mítica
Torre Eiffel estaba adornada por
miles de foquitos centelleantes como de iluminación del Pedregal.
Comenzó el recorrido y una supuesta guía proporcionaba información
como en cinco idiomas, del francés al chino, de modo que bien
a bien no se entendiera nada. Para mejorar las cosas, cada vez
que pasábamos por debajo de un puente, los múltiples adolescentes
consideraban que era el momento de gritar como estúpidos (que
es lo que son) y de chiflar al máximo volumen. Como quien dice:
mi romance iba valiendo madre. Pasamos
por Notre Dame, seguimos dos o tres puentes más y el
barquito dio la vuelta. Nunca lo hubiera hecho. Lo que en México
llamamos “un aironazo” nos pegó de lleno entre ceja, oreja y
máuser. En tres segundos la hipotermia se adueñó de nosotros.
Mi potencial amada nomás se hacía como almeja con limón mientras
le lloraban sus ojitos. Yo enfrentaba el vendaval con cara de
austero ballenero, pero estaba sintiendo la muerte en tres volúmenes.
A Audrey Hepburn y a Cary Grant nunca
les hubiera pasado esto, pero a nosotros sí nos pasó.
Cuando por fin terminó el martirio, parecíamos sobrevivientes
de los Andes. Hagan de cuenta esos cadáveres que 30 años después
encuentran congelados en alguna oquedad tibetana. Me consuela
pensar que a varios adolescentes les debe haber dado pulmonía
o muerte súbita.
Ya en tierra firme, la virtual bienamada todavía me dijo: muchas
gracias por el paseo (a ver cuándo me invitas a otro, hijo de
tu retiznada… esto no me lo dijo, pero estoy seguro de
que lo pensó).
Como verán, el arte es de un modo y la vida es de otro. Puede
ser de noche, puede ser París, puede ser un barquito, pero también
puede ser el pinche frío y entonces el romance se va a inflar
gaitas.