La Debatinga
Hace dos meses, Andrés
Manuel tenía diez puntos de ventaja y con ese
horizonte, él y sus múltiples consejeros pensaron que era absurdo
arriesgarse en dos debates. Este asunto daría para una larga discusión
que se centrara en este tema: exponer y confrontar un proyecto
de gobierno, ¿puede ser decidido por un candidato, o es
un derecho de la ciudadanía votante?.
Pasaron dos meses, el panorama se recompuso (para AMLO “se descompuso”)
y en el exacto día del debate, las encuestas avisaban de un empate
técnico entre AMLO y Felipe. La ausencia de López Obrador dejó
el terreno dispuesto para que Felipe se impusiera y Madrazo se
derrumbara junto con su partido de dinosaurios y líderes transas.
¿Qué sigue?. No lo sé, aunque aventuro algunos acontecimientos:
Felipe intentará consolidar la ventaja
obtenida y se dará cuenta de que esto implica una complicada ruptura
con el foxismo y un distanciamiento con el panismo mocho. Para
Madrazo no se ve salvación; desde
ahora su partido lo mira como una garantía de desastre. Para los
mamuts del PRI llegó la era del hielo.
Patricia Mercado verá que la intención
de voto a su favor mejora modestamente, aunque quizá lo suficiente
para asegurarle el registro a su partido.
En el caso de AMLO, yo esperaría un operativo veloz e inteligente
de control de daños. Sus declaraciones a 24 horas del debate son
balbuceantes y poco afortunadas. Sin embargo, sería estúpido suponer
que ya salió de la carrera presidencial. Todo indica que tendremos
una final ciclónica entre él y Felipe. Que
sea para bien de México y que no deje como saldo a una
nación dividida y enfrentada.
Por eso, mi querido AMLO, para evitar la sangre, hay que asistir
a los debates.
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