Un buen ejercicio democrático…
El debate del pasado martes, entre cuatro de
los cinco aspirantes a la Presidencia de la República, resultó
mejor de lo que se esperaba. A pesar de tener un formato rígido
que no permite la confrontación civilizada de las ideas,
el cuestionamiento y por lo tanto la reflexión, al final del día,
resultó entretenido, útil y con uno que otro momento de ingenio
y humor. Pero entonces ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? ¿Qué nos dejó
este debate?
Sin temor a equivocarme, lo más trascendente de este encuentro
ha sido la gran oportunidad que tuvo el electorado de poner en
perspectiva su voto, es decir, al tener a los candidatos presidenciales
confrontando cada una de sus ideas y propuestas, nosotros, lo
ciudadanos –sobre todos los indecisos- pudimos analizar, reflexionar,
pensar y cotejar sobre la viabilidad de cada unas de las propuestas
y entonces –sólo entonces y sólo algunos- decidir nuestro voto.
Sin embargo, no debemos esperar que el impacto de este encuentro
cambie el contexto electoral por sí mismo.
Es importante ser mesurados con respecto a los alcances de este
ejercicio. No podemos esperar que haya un cambio dramático en
las preferencias electorales de los candidatos. Este debate no
es definitorio en la elección presidencial porque no afecta a
los votantes duros de cada uno de los partidos, es decir, no influye
directamente sobre aquellos electores que guardan cierta identificación
con el partido o el candidato. Sí puede definir las cosas en el
corto plazo, debido a que el verdadero impacto recae sobre los
indecisos, los electores más importantes a estas alturas de la
elección, justo el porcentaje de ciudadanos que podrían determinar
la balanza electoral. Sobre ellos si existe un efecto real. Justo
aquí, en ellos, Andrés Manuel perdió.
Para AMLO resultará costoso, en términos electorales, ser el gran
ausente del debate. Su decisión fue estratégica, sin embargo la
tomó cuando tenía 10 puntos de ventaja sobre su más cercano competidor.
Ahora Felipe se encuentra arriba -según la encuesta del Reforma-
y en el debate anotó un gran gol a nivel nacional frente al electorado
más importante. El papel de la silla vacía fue irrelevante, y
bien supieron revertir sus contrincantes el error inicial. Los
fantasmas no dan pelea. AMLO sin duda pagará su desdén por haber
dejado el camino libre a su más feroz competidor. Sin embargo,
para fortuna del candidato perredista el costo fue menor de lo
esperado debido a que su electorado duro, los pobres, el nivel
socioeconómico E no presenció el debate, apenas con un rating
de 7 puntos, la mayoría de los televidentes fueron del nivel socioeconómico
B y C, es decir, la clase media.
Comparto la opinión generalizada de que Felipe Calderón fue el
gran vencedor de este encuentro. Hizo muy bien su tarea. Con propuestas
claras, concretas y rigurosas supo demostrar al electorado que
él es rival de AMLO. Si discurso fue más definitorio y trascendental.
Sin duda, aprovechó el vació de Andrés Manuel y capitalizó su
resultado.
Roberto “Presidente”, sí logró convencer a los electores; pero
de que no es una opción viable para nuestro país. Madrazo se vio
cansado, nervioso, desesperado. Su estrategia combativa le resultó
mal, aunque era la única que tenía: atacar a Felipe para demostrar
que Madrazo puede contra AMLO. Cuando desaparece de cuadro –para
recoger la hoja del suelo- es una alegoría bastante precisa de
su inevitable derrumbe. En este debate presenciamos dos sillas
vacías.
Patricia Mercado y Roberto Campa desempeñaron muy bien su rol.
Patricia estuvo excelente. Muy fresca, dinámica, clara, con un
discurso distinto al político tradicional, enfocado a las minorías,
justo al electorado que seguramente definirá su registro como
partido político. No se subió al rin con sus adversarios. Entendió
muy bien su papel dentro de la discusión y entonces llamó al voto
de protesta, al voto no útil. Desempeño un gran papel, aunque
habrá que ver si se traduce en votos.
De la misma manera, Roberto Campa, asumió su rol. Tenía que atacar
a Madrazo y así lo hizo, con excelentes pausas dramáticas, que
en ocasiones causaban buen humor, construyó un discurso en torno
a las torpezas del candidato priísta, lo puso en aprietos al acusarlo,
con pruebas, de evadir impuestos.
Esto fue el debate. Un buen ejercicio democrático para razonar
nuestro voto. El segundo se antoja aún mejor. Otra oportunidad
para el escrutinio ciudadano de aquellos que pretenden gobernarnos.
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