Un día sin mexicanos: Cuando
la realidad supera la ficción
El cineasta Sergio Arau produjo una cinta que
trataba la posibilidad de que todos los trabajadores indocumentados
de origen mexicano que residen en California un día, simple y
llanamente, desaparecieran. Esta parodia estableció la falta de
latinos en sectores medulares como servicios, hotelería y alimentos,
proponiendo una situación caótica en donde los servicios básicos
dejan de funcionar en Estados Unidos por falta de trabajadores
hispanos que los lleven a cabo.
¿Qué pasaría si no existieran los millones de latinos que trabajan
todos los días arduamente? ¿Qué pasaría si desapareciera el mercado
más grande de consumidores en Estados Unidos? El filme nos muestra
consecuencias trágicas, creando un desastre social y político,
y dejando el concepto del “sueño americano” en entredicho.
Precisamente el lunes pasado, la realidad superó a la ficción
y la comunidad hispana se volcó a las calles y organizó un boicot
contra el gobierno estadunidense como una forma de presión para
alcanzar el respeto a sus derechos políticos y sociales. Las personas
que trabajan en Estados Unidos han visto pasar una gran oportunidad
para regularizar su situación en el vecino país del norte.
Hace un mes se discutió en el Senado estadunidense la posibilidad
de un acuerdo migratorio. Existía un fuerte cabildeo entre republicanos
y demócratas, quienes aparentemente habían llegado a un consenso.
Sin embargo, los pequeños grupos de poder paralizaron las negociaciones
y el acuerdo fue aplazado indefinidamente.
Lo que el acuerdo migratorio propone, en términos generales, es
la regularización de por lo menos 12 millones de indocumentados
en Estados Unidos, y la aprobación de un programa de trabajo temporal
para estas personas. En este sentido, el acuerdo representa un
cambio trascendental dentro de la política estadunidense, porque
reconoce los derechos de un buen porcentaje de trabajadores indocumentados
en dicha nación.
Los migrantes lo entendieron muy bien y han puesto en macha un
gran movimiento social en favor de sus derechos. Este primero
de mayo, el boicot contra Estados Unidos se hizo realidad y millones
de indocumentados salieron a las calles de este país para ejercer
una presión sistemática. Bien organizados, representan actualmente
una poderosa fuerza en el complejo entramado político y económico
de Estados Unidos.
Los migrantes han hecho conciencia política y a través de manifestaciones
pacificas están exigiendo el respeto a sus derechos, como cualquier
otro ciudadano estadunidense. Cuarenta millones de personas (de
las cuales tres cuartas partes son mexicanos) se han percatado
que unidas representan autoridad y poder, que han dejado de ser
insignificantes, que ya no son un espacio residual en una nación
de extraños, y que no son criminales, sino personas. Que no son
solamente una fuerza de trabajo barata y eficiente, sino ciudadanos
con plenos derechos. Que no son pocos, y que bien organizados
son la minoría más poderosa e influyente dentro de Estados Unidos.
Por fin han despertado y no exigen otra cosa más que los justo,
lo que dan y no reciben. Pero veamos de lo que estamos hablando
en términos reales:
Son 40 millones de hispanos, de los cuales 25 millones son de
origen mexicano, 9.8 millones nacieron en México y 4.8 son indocumentados.
Representan un poder de compra de más de 428 mil millones de dólares,
de los cuales enviaron cinco por ciento a México el año pasado.
Dichas remesas representaron la primera fuente de ingresos para
México, aun antes que el petróleo. Los lugares mexicanizados son
California, Texas, Illinois, Arizona y Colorado. En total, 66.9
por ciento de los migrantes son mexicanos. El poder que han alcanzado
es más que evidente.
Como podrán percatarse, queridos lectores, los hispanos han dejado
de ser una minoría para convertirse en un poderoso grupo de influencia
en la conformación de la agenda pública estadunidense. Ya no sólo
trabajan en el campo, ahora existen profesionistas, académicos,
políticos y empresarios que defienden sus derechos. El lunes pasado
presenciamos un movimiento ciudadano bilateral, donde el gobierno
de México se hizo a un lado para permitir que la sociedad se organice.
El capítulo final sobre el acuerdo migratorio aún no se ha escrito.
Mientras tanto, los que aún no son ciudadanos se organizan y salen
a las calles a exigir a quienes, jurídicamente, aún no son sus
autoridades. Entonces, ¿por qué nosotros, ciudadanos mexicanos,
no exigimos a nuestras autoridades y nuestros empleados públicos
lo que es justo? Los migrantes en busca del sueño americano han
hecho lo que antes parecía inimaginable: presionar al país más
poderoso del mundo.
Nosotros deberíamos hacer lo mismo con nuestras autoridades desde
el otro lado del charco: obligarlas a respetar los derechos de
los migrantes.
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