México Bananero…
Esta última semana no hay mucho que decir sobre
las elecciones y los candidatos presidenciales, y aunque hubiera,
ha estas alturas del partido no hablaría mucho; la verdad es que
estoy un poco cansado y más bien harto de este merequetengue electoral.
Estamos en la recta final y el tono de los ataques continúa, las
descalificaciones por encima de las propuestas prevalecen, la
guerra de encuestas parece no tener fin, los medios asechan en
busca de algún otro escándalo electoral que suba sus ratings,
y todo esto sólo confunde, encrespa y desvía las opiniones y actitudes
de los ciudadanos.
Y cómo el hastío político me alcanzo, estoy dispuesto a opinar
sobre un tema del cual no soy experto, de hecho se muy poco, pero
la naturaleza de los resultados me obligan a hablar sobre ello.
Hablemos de futbol, de la selección mexicana y su papel frente
a Portugal para ser precisos.
Lo que vi en ese partido me decepcionó de sobremanera, y no porque
la selección haya perdido, (finalmente para los pocos mexicanos
que no se tragaron la exótica historia de que México podría ganar
el mundial, alentada por los medios en un afán de aumentar las
expectativas y por ende obtener mayores ganancias; la derrota
era una consecuencia lógica de nuestro pobre desempeño futbolístico,
y el enfrentar a Portugal sólo hizo que volviéramos a nuestra
realidad futbolística) sino por que el partido en sí mismo fue
un reflejo fiel de nuestro país y de todos nosotros.
El partido me hizo reflexionar sobre el gran problema de nuestro
México, el bajo desempeño de nuestros 11 jugadores me hizo advertir
algo contundente. ¿Cuál fue la diferencia entre México y Portugal?
Sin lugar a duda, fue la contundencia.
Los primeros 7 minutos del encuentro México fue superior, pero
sólo bastó una jugada de los portugueses para arrinconarnos y
anotar el primer gol. Después todo fue un desastre, inevitablemente
cayó el segundo; ya para el final de primer tiempo, el único mexicano
que mostró fuerza, carácter y corazón nos salvó de la debacle,
el Kikin apareció y nos dio esperanza. Para la otra mitad del
encuentro México fue superior a pesar de tener un hombre menos,
pero entonces ¿Por qué no ganamos?
Simplemente porque nos faltó valor, determinación, nos achicamos,
fallamos cuando no hay margen de error. Fuimos cobardes y no nos
atrevimos a subir el peldaño, pensamos que no somos mejores y
por lo tanto no merecemos ganar. Eso es lo que vi. Cuado Rafa
Márquez provocó un penal estúpido y cuando Omar Bravo voló otro.
Cuando Bravo tomo el balón muchos mexicanos sabíamos que lo fallaría
y así fue.
Pero Omar fue un espejo de nuestro México, un reflejo de lo que
sucede con la mayoría de los mexicanos cuando se les asigna una
responsabilidad tan grande. Un mexicano, como muchos otros, falto
de carácter, de actitud, de definición. En los momentos importantes,
justo cuando ya no hay vuelta de hoja, entonces allí todos fallamos.
Y no es que Omar y el equipo mexicano sean malos, no es que el
país entero no sirva, no es cuestión de capacidad; -y contra Portugal
quedó muy claro que podemos- es más bien cuestión de actitud,
de carácter, de valentía. Seguimos siendo un país con ciudadanos
mediocres, subordinados, caducos, medianos. Un país que se conforma
con pasar de “panzazo”. Un país cobarde con ciudadanos que celebran
mientras México pierde. Un país con ciudadanos asustadizos, que
prefieren cegarse a la verdad y apresurarse a las mentiras, ciudadanos
de palabras torpes y oídos necios; ciudadanos deshonestos y conformistas.
Bravo y el equipo mexicano son lo que somos. Y nosotros somos
ellos. Mexicanos cobardes viviendo en un país Bananero. México
no merece los ciudadanos que tiene. Es momento de despertar. El
destino le da al equipo mexicano otra oportunidad de mostrar que
todo lo que he escrito es mentira. Por el bien de México espero
que así sea. Nuestro país está en la encrucijada y no hay lugar
para las indefiniciones, el dos de julio es nuestra gran oportunidad
para hacer campeón a México y convertirnos en ciudadanos valientes.
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