Cuando la Resistencia se transforma
en Violencia…
La resistencia civil pacífica puede definirse
como "la postura que se opone o que no cede a la acción de
una fuerza. Pero la fuerza del que resiste es de índole diferente
a la fuerza del que ataca. Mientras la de éste es activa, la de
aquél es pasiva…” (1).
En este sentido, todo movimiento de resistencia civil pacífica
desecha la violencia como método o instrumento de presión; es
decir, para que un movimiento social sea considerado de resistencia
civil “pacífica”, necesariamente debe considerar dos características
fundamentales: Ser una acción colectiva y ha de evitar el recurso
de la violencia.
Desde el pasado domingo 30 de julio, todos los ciudadanos que
habitamos la ciudad de México fuimos secuestrados; vivimos en
un Estado de Sitio a causa de un grupo de simpatizantes del candidato
perredista López Obrador; sin más -que una sentida disculpa- centenares
de individuos tomaron una de las arterías principales de esta
gran metrópoli. El paseo de la Reforma fue bloqueado y censurado
para transitar libremente.
Estamos, frente a una clara violación a las garantías individuales
de los ciudadanos capitalinos; presenciamos la rendición y pleitesía
de las autoridades del gobierno del Distrito Federal ante un candidato
presidencial y su movimiento. Somos testigos de una contundente
desobediencia a la ley, de un claro desacato jurídico. Atestiguamos
un mundo en donde las leyes no se aplican igual para todos, un
escenario en donde el Estado de derecho es inexistente, prácticamente
nulo, certificamos como la sociedad civil se acerca peligrosamente
a su más puro estado natural, a causa de la discrecionalidad del
Jefe de Gobierno al momento de aplicar su ley.
Los ciudadanos –todos nosotros- somos rehenes de los designios
y placeres de nuestras autoridades, de nuestros supuestos empleados
públicos; prisioneros de los resistentes pacíficos que encabeza
AMLO, cautivos por aquel movimiento que se pronunciaba por las
causas de aquellos que ahora daña. Secuestrados por un líder que
le extiende una cara factura a la ciudad de su esperanza, a la
capital que le dio todo, que le abrió la puerta, que lo capitalizó
como aspirante presidencial; ahora paga mal a la gente que lo
vio nacer, que lo formó y que gracias a su apoyo está, precisamente,
impugnando la elección presidencial. Es imposible imaginar que
sería del Sr. López sin los dos y medio millones de votos que
le ofrecieron los habitantes del Distrito Federal.
Su impugnación legítima y legal ha quedado atrás. Vestigios de
una resistencia civil pacífica comienzan a sospecharse. La desobediencia
civil está cada vez más cerca, se hizo presente cuando AMLO decidió
radicalizar su movimiento; en el momento mismo en que Andrés Manuel
decidió bloquearnos y bloquearse a sí mismo. Nos faltó al respeto
al ultrajar nuestro derecho al libre tránsito, si bien no ha recurrido
a la violencia física, el Sr. López ha violado un derecho básico
y ésta es también una forma de violencia. Violencia que encrespa,
divide y confronta. Violencia que resta, desborda y perjudica;
más cuando un Gobierno se convierte en juez y parte del asunto;
el encono se agudiza cuando un Jefe de Gobierno aplica la ley
a su modo, con total discrecionalidad y a su conveniencia. El
rechazo es evidente, el costo será alto, y la fuerza que pudo
haber tenido el PRD ahora se diluye. Presenciamos la insensata
dilapidación de un poderoso capital político, la oportunidad de
ser una oposición respetable, contundente y eficaz se desvanece.
AMLO no entiende –o no quiere entender- que desde la oposición
también se gobierna, se pacta y se alcanzan utilidades. En Andrés
Manuel nada es seguro, sus acciones hacen pensar que ya no quiere
ser Presidente, que ha entendido que la silla presidencial está
muy lejos y no quiere que Felipe se siente en ella. Entre líneas
podemos leer un nuevo objetivo.
Ya, dentro de sus más respetables aliados se escuchan voces rectificando,
allí esta Monsivaís demarcándose, Granados Chapa aceptando que
el método no es el adecuado, y hasta Guadalupe Loaeza buscando
justificación en libros viejos. El punto es que la resistencia
ya no tiene nada de pacífico y sí mucho de violento. Queridos
lectores, somos testigos incómodos de la metamorfosis de un movimiento
social, en donde la legítima defensa se ha convertido en excusa
para el atropello y el comienzo de la barbarie.
(1) Arturo Guerrero, periodista y filósofo colombiano. Miembro
de medios para la paz.
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