Entre fuego cruzado…
“¡Corran al perredista de la mesa!” Fue un señalamiento
que sacudió mi pensamiento, que enfrió mi cabeza y neutralizó
mis sentidos, y al mismo tiempo, me hizo reflexionar sobre el
nivel de polarización en que nos encontramos los mexicanos, considerar
el alto grado de intolerancia en el que vivimos todos. La intransigencia
y el fanatismo son un lugar común para algunos ciudadanos.
Un hecho es innegable: Nuestra democracia está en pañales, somos
unos niños jugando a ser demócratas, adolescentes republicanos
en busca de un pronto crecimiento, ansiosos en espera de la consolidación;
orgullosos de nuestro país, de nuestra cultura, y de haber dado
un saltó mayúsculo al alcanzar la democracia; sin embargo, sólo
la adquirimos pero no hemos aprendido de ella.
Creemos que es suficiente con el voto libre y secreto. En el sufragio
universal encontramos nuestro clímax, con la ingeniería institucional
nos damos por bien servidos, nos creemos demócratas cuando nos
percatamos de que el TEPJF funciona, cuando vemos que la Suprema
Corte de Justicia trabaja o cuando aprobamos un buen dictamen
del IFE o algún acto de transparencia del IFAI. Nos decimos democráticos
cuando gana nuestro candidato, somos republicanos cuando acudimos
a las urnas, o cuando salimos a las calles a exigir a nuestras
autoridades los justo, lo bueno, lo deseable. Y sí, todo esto
es democrático, estos factores van construyendo a la democracia,
pero no es suficiente.
Estimados lectores, la democracia va más allá de la transparencia
o del voto, si bien la democracia es una forma de gobierno y un
conjunto de reglas para acceder al poder, no comparto la visión
simplista de que la democracia no es más que un mecanismo de elección
de gobierno y un conjunto de normas para ejercerlo. La democracia
son reglas, estándares e instituciones, pero todo esto en su conjunto
tiende a lo social, impregna lo ciudadano y allí está la diferencia.
En el agregado somos democráticos, pero en lo particular nos falta
mucho por aprender. La democracia en lo político avanza, en lo
social se queda atrás. En lo público la democracia es un concepto
socialmente aceptable, en lo privado es una concepción incómoda.
Tenemos sufragio universal libre y secreto, pero no somos tolerantes
ni incluyentes. Existen mayores libertades, decimos lo que queremos
de la forma en que lo deseamos, sin embargo, cuando escuchamos
ideas distintas a lo nuestras las rechazamos, las descalificamos,
no escuchamos; nos convertimos en ciudadanos ciegos, con oídos
sordos y palabras necias.
No hemos aprendido a vivir en la pluralidad, a ser en la diversidad,
a respetar y tolerar las diferencias. En la medida en que entendamos
que la democracia implica tolerancia, respeto y paciencia, entonces
estaremos en el camino de la democratización ciudadana. En el
momento mismo en que la multiplicidad, el respeto, la tolerancia
y la libertad de expresión dejen de ser instrumentos para los
políticos profesionales en la búsqueda del poder, y se trasformen
en actos ciudadanos, en herramientas de la sociedad civil, y ésta
a su vez, entienda su papel en el andamiaje democrático. Su protagonismo
en el proceso político, y su obligación para sus conciudadanos.
Entonces sí, seremos más demócratas.
El proceso postelectoral que vive nuestro país así lo constata.
Siempre confrontando, siempre enardeciendo. Dos bandos, dos trincheras
y sí no perteneces a ninguna entonces eres excluido, eres deportado;
si no tomas partido no cuentas, desapareces. Si apoyas a los amarillos
eres lopezobradorista recalcitrante, sí estas con lo azules entonces
eres miembro del yunque y estas a favor del fraude; y si desafortunadamente
estas a la mitad del camino y fuera de cualquier trinchera entonces
eres un cobarde. Pero precisamente en la neutralidad nace el valor.
Los que nos quedamos en medio somos los más valiosos, sobre todo
si nos dedicamos a formar opinión. Estamos en tierra de nadie,
entre fuego cruzado –muchas veces amigo- en un línea vulnerable
y sin poder tomar partido. Señores, esto es lo que debemos de
aprender, a convivir con los otros, a respetar las diferencias
y la pluralidad. Aprendamos a ser unos verdaderos demócratas.
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