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Mexicanos al Grito de Guerra…

El grito más importante para los mexicanos se acerca. Una fecha substancial y significativa para el país esta a la vuelta de la esquina; el 15 de septiembre, día en que los mexicanos celebramos nuestra independencia, ha llegado. El simbolismo que guarda esta festividad debiera ser lo trascendental, un momento de júbilo y gloria debieran ser el objetivo. Sin embargo, hoy las cosas se anuncian muy diferentes.

Pareciera que nuestras tradiciones se acaban, cambian, o simplemente se configuran y buscan un espacio en el México contemporáneo. El ritual Presidencial en donde nuestra máxima autoridad sube al balcón de palacio nacional, toca la campana, grita por nuestro país, se congratula por la libertad y celebra nuestra independencia parece hoy imposible. El siguiente protocolo sería –en condiciones normales- un alarido unánime de todos los presentes: ¡Viva México! debiera ser la frase que homologue a los mexicanos, que homogenice las palabras; que integre las ideas, que una las contraposiciones y nos invite al dialogo y la confianza.

Hoy, al final del accidentado gobierno del cambio, el ¡Viva México! se convertirá en una lucha, en un reclamo, en un lamento; un alarido y una rechifla en el mejor de los casos, o una interminable secuencia de perjuicios y ofensas en el peor escenario, generada por miles de mexicanos agraviados ante un Presidente que –desde su punto de vista- ha traicionado a nuestra insipiente democracia. Así, en un instante, seremos testigos incómodos de como una celebración nacional sufre una severa metamorfosis para transfigurarse en un tumultuoso grito de guerra.

Las llamadas fiestas patrias quedan atrás y son un pretexto perfecto para soltar los demonios más profundos de los mexicanos, pero no de todos, sino precisamente de aquellos que dirigen los designios de nuestro país. Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador asisten dispuestos al que será, muy seguramente, el último de sus duelos. Una batalla en la que no hay ganador, una lucha innecesaria donde dos bandos; dos grupos de poder, visiones completamente disímiles una de otra se confrontan y esperan ansiosos en lugar de su victoria.

La colisión es excusa y el choque puede evitarse. El conflicto es personal y ha rebasado a las instituciones que cada uno representa. Los ciudadanos que ingenuamente se apresuran a la confrontación, sólo son una figura del juego, una pieza más del tablero político de ambos personajes. Ellos juegan con sus peones, los otros, soldados de plomo que sirven como carne de cañón. Nosotros, los ciudadanos, no tenemos vela en este entierro patriótico, sin embargo, inocentemente asistimos y permitimos la batalla.

Esta pugna es añeja. Su origen se encuentra en el desafío de AMLO a Vicente Fox. Un jefe de gobierno protagonizando y restando reflectores a la figura Presidencial. Un Tabasqueño populacho gobernando paralelamente la ciudad más importante de la república contra un bonachón empresario dirigiendo desde la silla presidencial. El jefe de gobierno capitalino provocando al Presidente; el jefe de Estado arando el camino de su adversario. Para cada acción de insolencia siempre una reacción inadecuada. El peje de la gente contra el Fox con botas del cambio. Ese es realmente el dilema. La afrenta es personal y se ha rebasado el límite permitido.

En nadie cabe la cordura, ninguno se muestra sensato. La confrontación ha sido – a lo largo de seis años- el único método de comunicación entre Presidente y candidato. Hoy se preparan para gritar en la misma plaza. Tácticamente cada uno tiene sus razones, uno se apega al desconocimiento del nuevo gobierno y declara que su derrota fue producto de un maquiavélico fraude orquestado por su rival; el otro no pondera las consecuencias e intenta excluir cualquier posibilidad de vacío, de ausencia de poder. AMLO aún no termina de asimilar los costos de su bloqueo, cuando pretende desafiar a la investidura presidencial nuevamente. Vicente no entiende, o nunca quiso entender, que la división y el encono son producto de las acciones emprendidas durante su gobierno.

El grito de la noche del 15 de septiembre será un profundo alarido de rencor; un producto de la división y la intransigencia de los personajes aquí citados. Una invitación peligrosa al grito de guerra. Vicente tiene la última palabra, siempre estará Dolores Guanajuato para calmar los ánimos.

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