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Oaxaca no aguanta más…

Los meses pasan y el conflicto en el Estado de Oaxaca continúa; la APPO sigue desafiante y fuera de control; el vació de poder se prolonga y el estallido de la violencia parece inevitable. Oaxaca exige una solución.

La ciudad de Oaxaca se encuentra sitiada, desde hace unos cuatro meses, por la sección 22 del SNTE, aproximadamente unos 7 mil profesores se rehúsan a cumplir con su trabajo (dar clases y educar). El Estado ha sido tomado por organizaciones sociales radicales, la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca se configura como una extraña aglutinación de diversos intereses al servicio de unos cuantos; y como casi siempre sucede, de los poderosos. El conflicto en el Estado es político y no social. ¿Cuánto más aguantará Oaxaca? Parece ser la interrogante.

Lo que comenzó como una típica demanda gremial rápidamente se transformó en un movimiento político radical que amenaza con destituir a los poderes de la Entidad. El origen del conflicto nace del gobierno, específicamente en su Gobernador Ulises Ruíz. Ulises triunfa en las elecciones de manera sospechosa y controvertida, su principal adversario Gabino Cué y el PRD comandaron un amplio frente de oposición que casi logra arrebatar el poder al PRI.

El saldo de la elección fue una polarización extrema, dos visiones en el Estado, dos versiones de lo sucedido. La crispación social era evidente, el descontento de sus no pocos adversarios era claro. El engranaje social parecía separado, diluido, a punto de colapsar. Por lo tanto, la principal tarea del nuevo gobernador sería resarcir el tejido social. Ruíz tenía bien definido su reto, Ulises debía emprender una urgente operación cicatriz.

Sin embargo, Ulises Ruíz mostró una brutal incapacidad para entender a su Estado y sus problemas, un miopía política atroz que ahora lo tiene al límite de su gobierno. En lugar de ceder se dedicó a perseguir, en vez de conciliar optó por encarcelar. Quitó privilegios justo donde no debía; intentó eliminar adversarios al tiempo que enfurecía a sus probables aliados; amenazó a los grupos sociales más radicales de la entidad, cortó el dinero y las prebendas sin el conocimiento cabal de las consecuencias. Sin imaginar la ferocidad de los costos.

Ulises atacaba sin tener conciencia de lo que hacía. El gobernador lastimaba sin percatarse que a cada golpe, que en cada herida, lograba una sólida unificación, pero en su contra. Oaxaca hoy es el síndrome de una terrible enfermedad llamada Ulises Ruíz. Es consecuencia de las acciones de un torpe gobernante preocupado más por el bienestar de su amigo Roberto Madrazo y su elección presidencial, que por el bienestar de su Estado.

Hoy Ulises paga las facturas de saldar cuentas y cobrar venganzas. Es ahora cuando Ruiz intenta sanar heridas y buscar aliados. Éste es Ulises Ruiz, el político ciego y moribundo, el gobernante sin autoridad, el mayor culpable de la ingobernabilidad que vive Oaxaca. El que dice gobernar perdió el camino hace mucho tiempo, hoy los diferentes actores del movimiento piden su cabeza, paradójicamente, la intervención de la fuerza pública está más cerca que la renuncia del desastroso gobernador.

Oaxaca hoy demanda una salida. Exige una acción rápida y certera. Los saldos son cuantiosos: Mil 100 millones de pesos en pérdidas, mil 500 negocios cerrados, casi dos mil empleos perdidos, 8 hoteles afectados, 5 estaciones de radio y un canal de televisión tomados, un millón 300 mil niños sin clase; oficinas gubernamentales secuestradas, decenas de heridos y dos muertos.

La ingobernabilidad se ha convertido en un lugar común para los oaxaqueños. El conflicto se vuelve el día a día en Oaxaca. La solución dialogada esta cada vez más lejos, se encuentra agotada ante la exigencia de la cabeza del Gobernador, los grupos más radicales de la APPO se muestran intolerantes e irreflexivos. Lo mismo que los priístas al negarse el sacrificio de Ulises, pues temen perder el Estado. No entiende que de cualquier forma está perdido.

Lo cierto es que ni siquiera la renuncia de Ulises solucionará el conflicto. Irremediablemente la fuerza del Gobierno Federal tendrá que hacerse cargo. La violencia parece inevitable. Muy tarde Vicente Fox y su gobierno atendieron el llamado, esperaron hasta que Oaxaca ardiera, hasta que ya no aguantara más. La solución está directamente relacionada con la predisposición de asumir costos. Entonces, sí de costos se trata, que más da que un desatinado sexenio del cambio asuma las consecuencias y deje libre el camino para la nueva administración.

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