En el Juego de la Gallina: Calderón
ganó
Finalmente el multicitado día “D” llegó. La expectativa
que se tenía sobre la toma de protesta de Felipe Calderón Hinojosa
era muy grande. Ya nuestros “destacados” legisladores habían puesto
calientito el asunto con la toma de la tribuna en el congreso,
convirtiendo al recinto legislativo en una arena constituyente;
en donde los diputados se trasformaron en gladiadores y la tribuna
en espectáculo.
En este momento, la política mexicana quedaba reducida en algo
menos que un circo. En un pobre espectáculo circense en el que
las diferencias se atendían con los puños. El dialogo y la concertación
se hacían de lado, para dar paso a la barbarie y la vulgaridad.
Esta es la lectura ciudadana, todos nosotros, la gente común y
corriente; los ciudadanos de a pie, debemos sentirnos profundamente
avergonzados de tan lamentable reunión legislativa.
Sin embargo, en la lectura política el asunto se tornaba harto
complejo y por de más entretenido. Durante dos semanas insistí
-a través de mis participaciones en la radio- en que el problema
se reducía al divertimento. A un juego en el que dos visiones
contrapuestas se enfrentaban y en el cual, no había arreglo posible,
ningún otro que no fuera la confrontación. En la teoría de juegos
(rama de estudio de la Ciencia Política) se estudian los problemas
de acción colectiva. Y precisamente, el “chicken” (o juego de
la gallina) ejemplificaba el problema político que debíamos resolver.
En el Juego de la Gallina no había ganadores a menos que uno de
los participantes cediera, pero el ceder, el dejar espacios, significaba
asumir el papel de la gallina; el del cobarde frente a la opinión
pública. Y no era un asunto menor, se trataba de una jugada estratégica
y muy racional. En el juego clásico, dos autos, timoneados por
sus respetivos conductores, dirigen sus vehículos uno contra otro,
ante una probable colisión. Precisamente, el peor de los pagos,
pero en el mayor de los casos inevitable, es que los autos se
encuentren de frente en su loca carrera y se estrellen uno contra
otro. Sí alguno de los conductores desiste en su intento de colisión,
entonces ése será el gallina y el otro, el que continuó su camino
a pesar de la probabilidad de estrellarse, quedará como el valiente.
En este juego quedaba ejemplificado el problema del Presidente
Felipe Calderón, ante un dilema de coordinación y acción colectiva
profundo no había mejor estrategia que la confrontación. Para
el Presidente Calderón no había otro camino, no era el momento
de ceder, no tenía margen de maniobra, cualquier otra acción –cómo
cambiar de sede la ceremonia de traslación de poderes- sería tomada,
por sus adversarios, por la opinión pública y por los ciudadanos,
como un signo de debilidad, cómo una acotación de su limitado
poder; cómo el síntoma de una grave enfermedad que se prolongaría
durante todo su sexenio. No había lugar para los vacíos, tenía
que asistir al congreso, con todos los peligros que ello implicará;
al final del día, sus adversarios asumirían los saldos negativos
del juego.
Pero Calderón jugó por varias bandas y de manera magistral. La
noche del jueves, justo cuando el reloj marcaba el primer minuto
de su mandato, en nuevo Presidente actuó y no dio lugar para la
incertidumbre, no dio espacios, entendió que cualquier vacío era
fundamental. Instaló una ceremonia de cambio de poderes desde
los pinos. Y aunque no tenía valor institucional, ya que el congreso
no estaba presente, tenía un valor mediático cardinal. El Presidente
Felipe Calderón asumía el poder desde el primer minuto del 1ro
de Diciembre, y nadie podía evitarlo. La certeza y estabilidad
del mensaje logrado con esta ceremonia son indiscutibles. La probabilidad
de una posible controversia constitucional para la anulación de
su Presidencia, al no tener las condiciones para asistir al congreso,
se desvanecían.
Ya con esta certeza, para las 9:30 de la mañana, el congreso legislativo
hacia lo propio: La tribuna resguardada por los panistas, y los
perredístas desde abajo con silbatos manifestando su cólera e
inconformidad; los priístas nadando de “muertito” y ganando bajo
cualquier escenario. Finalmente, el Presidente Calderón logró
tomar protesta en medio de tumultos e improperios de sus adversarios.
La confrontación estuvo presente, era inevitable, pero en el sumario
Calderón ganó. Y logró una victoria porque entendió bien que en
la política, los espacios dejados siempre son ocupados por tus
adversarios. Si hay lugar, entonces caminas; y sí te encuentras
un campo, entonces corres, el Presidente Calderón no lo permitió.
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