Para el PRI: ¿Renovarse o Regionalizarse?
El 17 de mayo del año pasado –poco menos de
dos meses antes de las elecciones para Presidente de la República-
escribía en este mismo espacio: “Después de las elecciones, al
PRI no le quedarán muchas opciones… la incertidumbre se apoderará
del partido. Su única estrategia para sobrevivir se basa en su
capacidad de conservar el poder regional”. Hoy, 8 meses después,
el argumento parece confirmarse.
El pasado dos de julio, el otrora “Goliat electoral” ratificó
su credencial de pequeño David. El PRI sufrió su segundo revés
Presidencial, más doloroso y dramático incluso que el del año
2000 –en el que por primera vez perdió la Presidencia de México-.
En la elección para Presidente obtuvo apenas el 22.6% de la votación,
lo que representa 9, 301,441 electores; en las elecciones para
el congreso el resultado fue igual de desastroso: Tercera fuerza
en la cámara de Diputados y segunda en el Senado; con estás cifras,
el partido Revolucionario Institucional, por primera vez en su
historia, se ubica como la tercera fuerza política del país. Un
resultado lamentable para sus militantes y bochornoso para sus
dirigentes.
Ahora el PRI y sus dirigentes lucen desdibujados, aparecen perdidos.
Sin un líder que cohesione y unifique los diversos intereses,
el PRI no encuentra su camino, no halla su papel y no ha sabido
cómo jugar este nuevo rol de ya no estar más en el poder. Sin
el gran Jerarca que conduzca, sin el omnipresente Rey que imponga,
el PRI no encuentra su naturaleza y se hunde en una profunda crisis
de identidad.
Ahora el PRI ya no es el mismo, no es lo que solía ser; la gran
maquinaria nacional se ha convertido en diversas maquinitas locales;
en ausencia del Monarca supremo han surgido desdeñables virreyes
que mandan y dictaminan sobre sus feudos. El vacío se ha llenado
con oportunismo, y el inmenso poder nacional, que hasta hace unos
años, sostenía su líder máximo (el Presidente de la República)
se ha diversificado hasta regionalizarse, ahora en el PRI no manda
uno, sino que mandan muchos y cada uno hace lo que más le conviene.
Es ahora cuando el PRI intenta la unidad, cuando llama a la unificación.
Su renovación de la dirigencia nacional es un ultimátum: O logran
la cohesión o continúan las derrotas electorales; es decir, o
el PRI fabrica un gran líder que garantice el control y supeditación
de los poderes regionales con miras a un bien superior –cómo ganar
las elecciones presidenciales del 2012- ó continúa dilapidando
su extraordinaria fuerza electoral-regional y perdiendo elecciones.
Para el PRI ya no hay mañana, han apostado su futuro al proceso
de selección del nuevo dirigente. Será una lucha de élites, un
enfrentamiento de clases en donde los grandes notables; los priístas
de cepa, los poderosos grupos se enfrentarán peligrosamente. Será
pues, una contienda de gobernadores. A través de un método cerrado
han acordado luchar por la dirigencia, sólo 20 mil consejeros
estatales y nacionales definirán el futuro del partido. Beatriz
Paredes y Enrique Jacksón (los dos principales contendientes por
la dirigencia del Partido) serán los guías, detrás de ellos vendrán
los demás.
Y, justamente, en el método de selección se encuentra la genialidad
y, al mismo tiempo, la amenaza para el priísmo. En el método podrían
llevar la penitencia, pero también, la construcción de aquello
que tanto anhelan y tanto necesitan: Unidad, cohesión, disciplina
y liderazgo con poder. El PRI, al permitir la creación de dos
grandes fórmulas para contender por la dirigencia nacional, naturalmente
está llamando a la conformación de dos grandes grupos de priístas;
convocando a la aglutinación de todos los poderes regionales en
dos grandes poderes nacionales; a la alineación de los gobernadores
con un equipo, o Paredes o Jacksón; así, al final, sólo uno prevalecerá
y éste tendrá el suficiente poder para obligar la unidad priísta.
Aunque el arma es de dos filos, también, se corre el riesgo de
la fractura total.
Finalmente, y quiero dejarlo muy claro, no se trata de un asunto
de renovación; el PRI, por su naturaleza, está imposibilitado
para cambiar. El Revolucionario Institucional surgió como un instrumento
para administrar el poder y, precisamente, desde el poder. Los
priístas, acostumbrados siempre a las compensaciones, prebendas
y dádivas del gobierno no buscan una renovación, no pueden aspirar
a ello, dejarían de ser priístas, dejaría de ser el PRI. Por lo
tanto, lo mejor que puede hacer el partido es seguir administrando
sus poderes regionales, a través de la fabricación de un liderazgo
poderoso.
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