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El leviatán enfermo

Tomas Hobbes escribió en 1651 un manual sobre la naturaleza humana y las formas en qué se organiza la sociedad. En el Leviatán –titulo de su libro, basado en el bíblico monstruo marino con poder descomunal-, Hobbes nos regala una magistral argumentación sobre la teoría del Estado y, al mismo tiempo, justifica la creación del Estado como un instrumento para garantizar la paz interna y la defensa común.

Para este filósofo político, el hombre en su estado natural (la guerra de todos contra todos) es incapaz de asegurar su bienestar y seguridad personal, por lo tanto, accede a la conformación de un orden superior. En este sentido, la sociedad se instaura como una población bajo una autoridad, a la cual todos los individuos ceden todos sus derechos para que dicha autoridad sea capaz de proveer la paz.

También Jean-Jacques Rousseau, en su contrato social, señala -con mayor precisión- que los hombres voluntariamente renuncian a un estado de natural inocencia para someterse a las reglas de la sociedad, a cambio de beneficios mayores inherentes al intercambio social. Y por último John Locke (El padre del liberalismo), concibe al Estado como una herramienta para la protección de la propiedad y la libertad individual de los ciudadanos.

Para estos tres grandes teóricos, el Estado nace por la incapacidad humana para organizarse, defenderse y dirimir sus conflictos por sí mismos; entonces, los hombres erigen al Estado como un instrumento de protección al servicio de los mismos hombres. Un ente superior, embestido de gran poder, para garantizar la paz, la propiedad, y la libertad, siempre en beneficios de los signatarios del contrato social, es decir, los ciudadanos. El Estado como una herramienta de los ciudadanos y para los ciudadanos.

El actual Estado mexicano parece cualquier cosa, menos un instrumento de bienestar para los ciudadanos. El gobierno ha perdido de vista su función primordial y el poder lo ha seducido. Yo no veo, por ningún lado, a éste gran ente procurador del orden y la armonía social; solamente alcanzó a advertir una grotesca lucha entre poderosas elites en busca de más poder.

El Estado mexicano contemporáneo astutamente nos engaña. Sólo nos muestra groseros pincelazos de una obra más compleja. Con grandes operativos de seguridad, el gobierno intenta desbordamientos de certeza y confianza ciudadana. Con incesantes llamados mediáticos a la unidad y al respeto irrestricto de la ley pretende encubrir sus debilidades. La clase política mexicana oculta sus desenfrenados deseos de poder a través de caricaturescos llamados al diálogo y la negociación. Nuestros gobernantes intentan justificar sus enormes prerrogativas argumentando la necesidad de un Estado musculoso y completo.

Éste es el actual Estado mexicano: Un leviatán de cartón frente a los ciudadanos y, al mismo tiempo, complaciente para los poderosos. Un Estado cooptado y maniatado por los intereses de unos cuantos. Los monopolios detrás y arriba del poder Presidencial. Un Estado corrupto e impune con partidos políticos convertidos en terrenos fértiles para los oportunistas; un leviatán musculoso pero sumamente ineficiente (Con casi 4 millones de burócratas que hacen el trabajo que podría hacer 1 millón). Un Estado débil que perdió el monopolio al uso legítimo de la fuerza; en síntesis, un leviatán enfermo convertido en un jugoso botín sexenal.

La moda reformadora ha alcanzado a nuestros políticos y al unísono convocan a una urgente Reforma del Estado. La crisis es tan evidente que incluso ellos se han percatado de la problemática. El actual sexenio se configura entonces como una oportunidad para la reivindicación de las funciones del Estado mexicano. El gobierno de Felipe Calderón tiene mano para dicho cometido, es una posibilidad extraordinaria para analizar nuestras instituciones. Tampoco se trata de reformar por reformar, sino de perfeccionar las reglas y los procedimientos previamente establecidos para que el ciudadano común se reencuentre con su gran Leviatán.

Brújula Ciudadana

Nuestra constitución cumplió 90 años de existencia. Creada en un México que ya no existe, para un sistema político homogéneo y autoritario nuestra carta magna ha perdido vigencia. El llamado generalizado para reformarla parece conveniente. Sí de verdad se pretende reformar al Estado en su conjunto y eliminar los usos, costumbres y vicios del pasado se debe comenzar por nuestras bases. La constitución está out, hay que meterle tijera para tenerla nuevamente a la moda.
 
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