Fiebre Reformadora
Los Saldos de la pasada elección Presidencial
fueron cuantiosos. Durante casi cinco meses el país se vio envuelto
en una profunda crisis. El desprestigio y las fallas institucionales
se hicieron evidentes; la incertidumbre y la desconfianza se depositaron
en los mexicanos dejándonos una compleja polarización que amenazó
la gobernabilidad del país.
Es ahora cuando todos los actores políticos hacen un llamado urgente
para la consecución de una profunda Reforma de Estado. Hoy la
fiebre Reformadora instituye un eco rotundo y se convierte en
un lugar común de la vida nacional. Sin embargo, todas estas voces
y estos ominosos llamados son bastante añejos; más viejos de lo
que el ciudadano de a pie se permite recordar.
Hoy nuestros políticos se percatan de la inminente “reforma que
viene”, pero ayer no hicieron nada para construirla, más aún,
dejaron pasar legislatura tras legislatura sin pactar o negociar
nuevas reglas para el ya agotado sistema político mexicano. Según
nuestros representantes, México vive hoy momentos de cambio y
el fortalecimiento de las instituciones es prioritario, pero la
verdad es que nuestro sistema político ha exigido un difícil reacomodó
desde hace una década atrás. El debate no es nuevo, la necesidad
de una Reforma de Estado se tiene, por lo menos, desde 1997 cuando
el Presidente perdió la mayoría dentro del congreso. Desde ese
momento, se configuró la erosión del sistema político hegemónico
en México. La creación de nuevas reglas y procedimientos para
la correcta gobernabilidad del país eran entonces –y lo son ahora-
una prioridad.
Por esto, la “nueva” Ley de Reforma del Estado que aprobó el Senado
(y que también aprobarán los diputados) parece más de lo mismo:
Un pobre intento para lograr consensos sobre hechos, reglas, formas
y procedimientos que son harto evidentes. En México ya sabemos
lo que se necesita, las discusiones han sido largas y altamente
fructíferas; muchos seminarios, conferencias y mesas de debate
se han instalado para establecer los puntos comunes para lograr
dicha Reforma. Baste con tomar nota del trabajo de Porfirio Muñoz
Ledo que, desde 1995 y formalmente en 2000, se pronunció a favor
de una Reforma de Estado abarcando el estudio y el análisis de
más de 150 temas.
O, sí de lo que se trata es de saber qué y cómo debemos cambiar,
les recomiendo a nuestros legisladores que visiten algunas universidades
(UNAM, ITAM, CIDE, COLMEX), y el mismo IFE, para que tengan acceso
a los cientos de estudios que existen sobre la Reforma del Estado.
Por material no paramos, es más, pueden echarle un ojo a mí trabajo
titulado: “Dinámica Semi-Presidencial una aproximación teórica
al caso mexicano” que escribí (en coautoría) hace tres años.
Sí no se trata de averiguar lo que necesitamos, las reformas son
evidentes: pensar en el parlamentarismo –el Presidencialismo mexicano
hace tiempo que dejo de funcionar-, instituir la segunda vuelta,
las candidaturas independientes, la reelección legislativa, el
referéndum y la revocación de mandato, eliminar las altas prerrogativas
de los partidos, fiscalizar a los medios, regular las precampañas,
reducir los tiempos de campaña, homologar el calendario electoral,
fortalecer las instituciones electorales y un largísimo etc.
Mucho se ha estudiado ya sobre la Reforma del Estado. Por ello,
la nueva Ley de los senadores, sí bien, aporta un método y sistematiza
el procedimiento para alcanzar acuerdos, parece un rodeo a la
verdadera discusión; busca darle la vuelta al fondo del problema.
No considero que la ley este equivocada, simplemente creo que
por sí misma no resolverá el problema. Podría sentar las bases
para alcanzar ciertos acuerdos, al establecer un límite de tiempo,
sin embargo, nunca habla de sanciones o castigos si no llegan
los resultados.
Finalmente México se encuentra en la encrucijada. Los protagonistas
políticos entienden la apremiante urgencia por cambiar las reglas
del juego. Sin embargo, los costos y las facturas que implica
una Reforma de esta naturaleza son altos para muy pocos; pero
para los más importantes, los poderosos. De esta manera, una sacudida
al entramado político de nuestro país es poco factible. Los partidos
políticos serían los primeros en perder poder; por lo tanto, los
legisladores tienen pocos incentivos para cambiar el status quo.
Mi pronóstico: Este sexenio, con suerte, se alcanzarán acuerdos
menores y se lograran reformas mañosas, pero no llegaremos al
gran acuerdo que México necesita. Por el bien los ciudadanos,
prefiero estar equivocado.
Brújula Ciudadana
Calladito te ves más bonito, consistentemente repite mi Sacrosanta
madre. Aplica para Vicente Fox “la boca floja” Quesada. Que estas
últimas semanas con sus comentarios ha puesto en jaque a Calderón.
Ya el gobernador de Coahuila Humberto Moreira salió a dejarle su
dosis de “estate quieto”; lo acusó de presionarlo para meter a la
cárcel a “inocentes”. Señalamiento muy serio que debe ser aclarado
(aunque ese supuesto “inocente” sea la rata de Napoleón Gómez Urrutia)
y perseguido de oficio por su magnitud. Fox –te manda decir mi mamá-
¡CALLADITO TE VES MÁS BONITO!
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