Sí yo fuera Diputado…
¿Nunca se han cuestionado, mis queridos lectores,
sobre la posibilidad de que alguno de ustedes se convirtiera en
Diputado o Senador? La verdad es que yo si lo he pensado ¿Si tú
fueras diputado que harías?
Sin lugar a dudas, no faltarán los argumentos románticos; cómo
que siendo diputado trabajaras arduamente para proteger los derechos
de tus representados y siempre garantizarás la presentación de
tus ciudadanos. No faltarán tampoco, las respuestas retóricas
y los lugares comunes: el hombre que se transforma en diputado
para buscar el bien común, el bienestar social, y luchar contra
los intereses de los poderosos.
El Diputado que desde su curul hará su mejor esfuerzo, disminuirá
su sueldo, evitará el uso indebido de su fuero, renunciará a sus
prerrogativas incluidas el automóvil con todo y chofer, los gastos
para dentista, el celular, los boletos de avión, entre otras comodidades
que implica ser diputado. Y sí, seguramente estas respuestas serán
frecuentes; ingenuidad que verdaderamente me conmueve, pero la
realidad, mis muy estimados amigos, es otra muy distinta.
Si yo fuera diputado sería igual que todos y no cambiara el estatus
quo del congreso. Disfrutaría de mi auto con todo y chofer, de
mi sueldo de más de 126 mil pesos –más prestaciones claro-, de
mi bolsa de 59 mil pesos al año para dentista, de mis cuatro boletos
de avión mensuales; y de mi seguro médico para gastos mayores
de hasta 15 millones de pesos. Eso haría sin siquiera chistarlo.
Y la razón es simple: Los hombres somos racionales. No existe
ningún elemento que impida disfrutar de los beneficios de ser
diputado; es más, mi racionalidad me llevaría a la maximización
de mi utilidad y, por lo tanto, asistir a las sesiones lo menos
posible y deleitarme con mis prerrogativas. Eso es justamente
lo que hacen nuestros actuales legisladores; son racionales.
El legislador promedio necesita reglas para el cumplimiento de
sus deberes; necesita de normas y procedimientos para limitar
su actuación; de otra manera, hace justo lo que he descrito: Velar
por sus intereses personales y olvidarse del ciudadano. Sin normas
y procedimientos claros, la gran mayoría de nosotros, llegaríamos
a ser diputados rufianes.
El actual congreso legislativo se ha convertido en cuna de oportunistas.
Legisladores tramposos que buscan el interés propio y de su partido
por encima del ciudadano, congresistas mañosos que hacen leyes
a modo para los grandes intereses en detrimento de la población.
Diputados rapaces que trabajan poco y ganan mucho, Senadores ambiciosos
que manufacturan leyes ineficaces para salir en la foto o aparecer
en el noticiero estelar de las televisoras.
Apócrifos representantes, que han olvidado a los ciudadanos y
se han dedicado a incrementar su poder y sus relaciones, abriendo
la puerta de la corrupción y el tráfico de influencias. Supuestos
empleados públicos que no trabajan para la población, sino para
sus respectivos partidos; costosos soldados de una democracia
pobre. Estos son nuestros representantes y con mucha tristeza
advierto que la mayoría de nosotros, si bien no se corrompería,
sí mantendría los injustos privilegios y prerrogativas de la que
goza cualquier diputado.
Y es así porque en el congreso no existe siquiera la reelección
legislativa, que obligaría a los diputados y senadores a procurar
el bienestar de su gente; y actúan así, porque no existen mecanismos
claros de rendición de cuentas y transparencia; por que actúan
por debajo del agua y en el oscurito, porque la opacidad es la
madre de la corrupción.
Porque su fuero es pretexto para la impunidad y el tráfico de
influencias. Porque la ley orgánica del congreso les permite faltar
sin castigo alguno, porque pueden viajar sin rendir cuentas a
nadie, porque su ausencia se premia en lugar de evitarse. Porque
la ley no sanciona a las comisiones que no hacen su trabajo, ni
tampoco marca procedimientos para llevarlo acabo. En síntesis,
no hay incentivos ni mecanismos que obliguen a los legisladores
a actuar en beneficio de sus votantes. Por lo tanto, cualquiera
de nosotros puede convertirse en un diputado cualquiera.
Lo que hace falta es normar los procedimientos. Establecer la
reelección legislativa como un mecanismo de rendición de cuentas
y transparencia, establecer castigos para los malos legisladores,
qué trabajen sobre resultados, incrementar el monitoreo público
de sus quehaceres, y también reducir el número de integrantes.
(Eliminar a los plurinominales)
Sólo así, se generarán los incentivos adecuados para que los actuales
legisladores, y los que vengan después, cumplan lo que prometen
en sus campañas electorales: Cuidar los intereses del pueblo,
de todos nosotros.
Brújula Ciudadana
Cómo no faltaran los lectores intensos que me crucifiquen por mis
anteriores afirmaciones he de aclarar mi cosmovisión del hombre:
Desde mi punto de vista, el ser humano es racional y siempre busca
la maximización de su utilidad. No creo que el hombre sea malo por
naturaleza, sino que el mismo contexto lo transforma. Vivimos siempre
entre una dualidad eterna: El bien y el Mal; dependiendo de las
circunstancias el hombre desarrolla cualquiera de estas dos. Por
ello existe el Estado, para controlar las pasiones de los hombres
a través de la administración de la violencia. Sí se viviera en
un perenne estado de naturaleza Hobbesiano, el hombre no viviría,
sino sobreviviría. En este sentido, concibo a las reglas, leyes
y normas como un mecanismo indispensable para el buen entendimiento
de la humanidad.
|