Tokio blues. Norwegian Wood
Haruki Murakami
Traducción de Lourdes Porta, Barcelona, Tusquets, 2005, Andanzas
575, 383 p.
ISBN 970-699-117-4
Con ver la foto de Haruki Murakami que se incluye
en la solapa de este libro tiene uno para saber a qué atenerse.
Ya de por sí, la oblicuidad de los ojos les da a los japoneses
un aire triste, pero éste, parece ser, es un caso extremo: es
un ser habitado por la melancolía y la tristeza, o, por lo menos,
especialmente dotado para recrear ambas emociones.
En Tokio blues, su cuarta novela traducida al español, vuelve
a repetirse un tema que ya había aparecido por lo menos en dos
novelas anteriores, en Al sur de la frontera, al oeste del sol,
y en Sputnik, mi amor: la imposibilidad de los seres de hallar
su lugar en el mundo, la incomodidad ontológica, como si todo
el tiempo trajeran ropa que les pica o les aprieta. En el caso
de Tokio blues, la atmósfera nostálgica se enseñorea de la historia
desde la primera página, pues el narrador, Watanabe, después de
escuchar Norwegian Wood decide contar la última vez que vio a
Naoko, una mujer que fue novia de su mejor amigo y de la cual
estuvo profundamente enamorado. Ya que la historia arranque con
una “última vez” nos anuncia que se tratará de un recuento agridulce
en el que abundarán las despedidas, aunque también, si se es paciente
en la lectura, irán apareciendo los reencuentros felices. Los
personajes que habitan esta historia son jóvenes de cuerpo, pero
ancianos en su desilusión y su sabiduría; desde Naoko, la mujer
que dejó de vivir cuando su compañero de toda la vida se suicidó,
hasta Midori, que aparenta ser una joven agresiva y desinhibida
pero en realidad es un ser ávido de descanso y paz, todos tienen
algo con qué apelar al alma del lector, con qué obligarlo a seguir
una lectura difícil, conmovedora y profundamente inquietante. |