El curioso incidente del perro a medianoche
Mark Haddon
Traducción de Patricia Antón, Barcelona, Salamandra, 2004, 269
p.
ISBN 84-7888-910-8
Christopher se ha propuesto escribir una novela
de misterio. No porque a él le gusten particularmente las novelas,
la verdad es que el pensar en la infinita cantidad y variedad
de posibilidades que se despliegan cuando uno decide dejar de
lado lo que sí sucedió —siempre una opción única— y sumergirse
en lo que podría haber sucedido le da un poco de vértigo, lo hace
sentirse incómodo, casi tanto como el color amarillo, o el roce
con otras personas, pero la vida le ha puesto, en el jardín de
enfrente, una espléndida oportunidad para convertirse en el relator
de una historia en la que él mismo juega de detective. Wellington,
el perro de Mrs. Shears, la vecina, apareció asesinado una noche,
y Christopher fue el primero en avistarlo. En medio de esa escena,
entramos a la novela para conocer a Christopher, un adolescente
con lo que él llama “problemas de comportamiento”, o lo que nosotros
llamaríamos Autismo. Christopher no percibe la realidad como la
mayoría de las personas, lo cual le impide acceder a códigos sociales
tan usuales como decir algo que no es totalmente cierto, incumplir
una promesa o poder adivinar en un gesto lo que el interlocutor
no está enunciando con palabras. Además, es un apasionado de las
matemáticas, especialmente de los números primos, mismos a los
que les concede una lógica y una irregularidad sólo comparables
a aquéllas que observa la propia vida. En una novela que ha sido
calificada como “una mezcla entre El sonido y la furia y El cazador
entre el centeno”, el ilustrador y escritor inglés Mark Haddon
crea una voz narrativa que nos obliga a seguirlo en cada uno de
los descubrimientos que se van sucediendo, todos originados por
un curioso incidente. |