Compromisos Sociales
Seguramente muchos de ustedes, el pasado fin de semana acudieron
a alguna festividad o celebración de tipo social; ya saben, estas
maravillosas fiestas que no da a los mexicanos por celebrar de
manera fastuosa y bastante ostentosa: bautizos, en la cuál el
enano(na) que acaba de ser iniciado en la religión católica tendría
que preguntarse por qué sus papás, arman una orgía descomunal
para celebrarlo. Otra “fiestecita” es la presentación a los tres
años, de esa no digo nada, porque simple y llanamente no la entiendo.
Luego vienen la primera comunión, la graduación del jardín de
niños, la de la primaria, la de la secundaria, los cumpleaños
y por supuesto la reina de las fiestas y de las cursilerías, “los
quince años de la Chata” (o como quiera que se llame), en la cual
el padre tiene que hipotecar la casa, vender el coche y endeudarse
por 5 años para celebrarle a la escuincla sus 15 primaveras (que
bien podrían ser veranos o inviernos). En esta absurda reunión
corre licor, comida, regalitos, recuerditos, vestidos horrendos,
gente desconocida, chamacos patanes y chamagosos, todo ello regiamente
acompañado con una mezcla de música de Strauss con ritmos modernos
y música “guapa” (guapachosa). La reunión dura 6 horas y tiene
un costo aproximado de 60 mil pesos en el mejor de los casos.
¡Ah! Pero eso no es todo, faltan las bodas... ¡Uf! Qué cosa. El
padre de la novia, tiene que mostrar gran algarabía porque un
sujeto desconocido, a partir de esa noche, se llevará a su hija
para hacerla feliz (¿¿??). Por lo tanto, habiendo terminado de
pagar la fiesta de los 15 años, apenas hace 6 meses, nuevamente
tiene que hacer la inversión de su vida para rentar un salón,
pagar la iglesia, organizar una cena majestuosa, comprar un vestido
que sólo será usado una vez en la vida, pagar bebidas para embriagar
a un regimiento y poner cara de alegría incontenible. Obviamente
esto implicará, llantos de la hija y de la esposa, pues gracias
a su miserable situación, no le está dado a su hijita, la fiesta
que se merece. Todos los invitados (sin excepción), al terminar
la reunión tendrán algún motivo de queja: “la cena estuvo fría”;
“dieron pollo en salsa blanca y crema de champiñones... como siempre”;
“méndigo miserable, sólo había ron, ni que fuéramos mecapaleros”;
“viste el vestido de la novia, seguro lo compró en la Lagunilla”;
“y la mamá, parecía piñata, bien pudo haber bajado de peso para
la boda de su hija”; y muchas expresiones más de cariño, solidaridad
y amistad.
Lo más triste de todo es que, del bautizo, el chamaco nunca se
acordará, probablemente de las demás fiestas tampoco. La única
que nunca se divierte en las fiestas de 15 años, es la festejada...
¡siempre llora por algo! (la adolescencia en pleno); y de la boda
ni decir, pasado un año, nuestra “nenita” regresará con un chamaco
en los brazos para que nuevamente nos hagamos cargo de ella y
ahora de su vástago, pues el desgraciado se largó con otra.
Hagan cuentas, después de 20 años, habrán gastado toda una fortuna
en nimiedades y sobre todo en tratar de complacer a sus cuates.
Gente que, por otro lado, si en verdad nos quiere, no requiere
tanto gasto para acompañarnos en nuestros momentos de alegría.
¿Adónde quiero llegar con este reproche? Muy fácil, miles de veces
nos quejamos de que los Estados Unidos gastan millones de dólares
en armamentos y nosotros, a nuestro modo, hacemos lo mismo, cuando
hay miles de criaturas o de asociaciones humanitarias, filantrópicas,
ecologistas o de beneficencia que agradecerían una pequeña colaboración
permanente y comprometida de aunque sea de sólo 200 pesos al mes.
Piénsenlo y gasten en lo que quieran, para eso trabajan, pero
recuerden que los verdaderos compromisos sociales los tenemos
con los que menos tienen.
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