Hay una casa en Nueva Orleáns, le llaman la casa del sol
naciente...
Así empezaba la letra de una canción muy famosa en los años
sesenta interpretada por Los Animales. Hoy, esa casa ya no existe...
se acabó; está hundida en la mugre, en el lodo, en la tragedia.
En esa gran casa llamada Nueva Orleáns, había dixieland, jazz,
soul, blues y algo de rock and roll; había alegría de vivir,
había fraternidad y belleza, hoy la música no suena, hay silencio,
soledad y tristeza... la alegría se fue porque se le apareció
la muerte “Katrina” y con todo acabó.
Esta manifestación de poder de la madre naturaleza me ha hecho
reflexionar sobre varios asuntos. El primero de ellos, es que
no acabamos de entender que no hay poder que supere a la Madre
Natura, que un huracán (tifón en Asia), un terremoto, la erupción
de un volcán, siempre serán fuerzas incontrolables que nos harán
recordar que no somos los amos del universo, vamos ni siquiera
somos los amos de la tierra y que por lo tanto, le debemos respeto,
cuidado y hasta veneración. Si no lo entendemos así, las fuerzas
naturales nos irán cobrando el desequilibrio, la destrucción
y el abandono. No quiero sonar apocalíptico, pero debemos experimentar
y aprender. La tierra es nuestro hogar y debemos mantenerlo
en paz.
La segunda reflexión es acerca de otro error humano. Una votación,
puede parecer un momento intrascendente en la vida de una nación,
sin embargo a futuro, el resultado de esa circunstancia pasajera
se verá reflejado en cada instante de la diaria construcción
de la historia. Los Estados Unidos, en un par de elecciones
muy dudosas (yo creo que el sistema democrático norteamericano
en este momento es obsoleto), eligió como presidente a un desequilibrado
llamado George Walker Bush y él los ha llevado a una crisis
financiera de dimensiones aún desconocidas, ha despertado rencor
y desprecio en contra del pueblo norteamericano alrededor de
todo el mundo, promovió dos invasiones y sus consecuentes guerras
con resultados desastrosos tanto para la Unión Americana como
para Afganistán y para Irak.
La última de sus locuras se presentó el día de la tragedia.
El presidente de la nación más poderosa del mundo no descendió
al nivel de los heridos, no aceptó exponerse a infecciones o
a que su perro se ensuciara; voló muy por encima y se alejó
para seguir jugando en su enorme planisferio con sus soldaditos
y sus tanquecitos (¿no les recuerda a alguien?). Mientras tanto,
miles de seres dolidos, lastimados, con frío, con hambre clamaban,
gritaban, exigían ayuda. Finalmente alguien se atrevió a interrumpir
al dictador y le aconsejó: “Señor esa gente necesita ayuda”;
y la bestia reaccionó, tarde, pero reaccionó. Hoy busca
culpables por la tardanza, cuándo el principal irresponsable
es él. Y finalmente las víctimas son los ilusos electores que
creyeron en las promesas y en las fanfarronadas de un demente
que los engatusó. Si un pueblo no averigua los antecedentes
de sus candidatos y los escoge como líderes, pagará las consecuencias.
Nosotros estamos en esa coyuntura, no nos dejemos engañar por
discursos fatuos, están en juego la patria, nuestros hijos...
nuestra vida.
Finalmente la tercera reflexión. Nunca se es demasiado poderoso
como para no necesitar ayuda y nunca se es demasiado pequeño
como para no ayudar. Los “chicos de abajo” debemos ayudar a
los “grandes de arriba”, porque todos somos seres humanos y
porque la tragedia de cualquier ser vivo, es nuestra tragedia.
No se trata de que México haga gala de generosidad, se trata
de que unos hombres muestren compasión por otros.
Había una casa en Nueva Orleáns, la llamaban la casa del
sol naciente,
hoy ha sido la tumba y la ruina de muchos niños pobres y Dios
sabe que muchos son de los nuestros...