Hecho En México
Hace algunos años, el Consejo Nacional de
la Publicidad, lanzó una campaña promocional que aseguraba lo
siguiente: “Lo hecho en México, está bien hecho”. Durante muchos
años, esta aseveración fue cuestionada y puesta en duda por miles
de mexicanos. Sin querer llegar al extremo chauvinista (del patriota
francés Chauvin y que se refiere a la creencia narcisista, próxima
a la mitomanía, de que lo propio del país al que uno pertenece,
es lo mejor en cualquier aspecto), hemos de reconocer que a estas
alturas de la historia, no me queda más que reconocer la validez
de esta sentencia promocional.
Para entender mejor las razones de mi dicho, he de referirme a
la industria automotriz. A raíz de la apertura comercial que ha
distinguido a nuestro país desde la llegada de los gobiernos tecnócratas,
la circulación de vehículos importados en nuestras calles se ha
multiplicado de manera exponencial. Durante muchos años, nos tuvimos
que conformar con tan sólo algunos modelos y de tan sólo algunas
armadoras que asentaron sus reales y sus dólares en nuestro país;
todo ello a raíz de un decreto emitido en la época de Adolfo López
Mateos. Estas armadoras eran General Motors, Ford, Volkswagen,
Chrysler, y durante algún tiempo Reanult y American Motors. Con
tan sólo unos 5 modelos de cada una de ellas se surtía el mercado
nacional y bien que mal, se daban abasto.
Por fin un día, se abre nuestro mercado y se dejan venir gran
cantidad de marcas de automóviles, sobre todo de gran lujo y calidad:
Mercedes Benz, BMW, Audi, y más aún los modelos más lujosos de
las empresas ya existentes. Obviamente el escenario varía sustancialmente,
la oferta es impresionante y muy variada... ¡Habíamos entrado
al primer mundo!. Por fin podía la gente de bien adquirir un vehículo
que fuera de acuerdo a su nivel socioeconómico.
Pero no todo es belleza. La mayoría de estos vehículos premiados
en salones internacionales de automovilismo, no están diseñados
para circular en Topelandia (Ciudad de México) y mucho menos pueden
sobrevivir a tanto bache y cráter que le dan identidad a nuestra
ciudad capital. La mayoría de ellos traen comandos muy sofisticados
y computadoras que regulan los controles de mando del auto, y
que, al primer bache o tope, sufren las consecuencias, se desgobiernan
y dejan de funcionar. Y lo que es peor, son imposibles de reparar;
hay que cambiarlos completamente a un precio exorbitante. Para
aquellos que somos simples mortales y que buscamos un vehículo
confiable, utilitario y práctico, este tipo de complicaciones
tecnológicas representan un verdadero problema. Eso sin contar
que muchos de estos vehículos son armados en países muy variados
y que en algunos de ellos, los controles de calidad dejan mucho
que desear. Por lo tanto, sin temor a equivocarme, tengo que reconocer
que los automóviles y vehículos “hechos en México, están muy bien
hechos” y no dan tantos problemas como algunos importados, pero
sobre todo, la posibilidad de encontrar refacciones es inmediata,
no hay que esperar meses para conseguirla.
Por estas y por muchas razones más, tanto en la industria automotriz,
como en la textil, la del zapato y otras más, me permito recomendar
el apoyo a la industria mexicana y recuperar una convicción que
puede no agradarles a muchos, pero que es muy cierta: “Lo hecho
en México, está bien hecho”. |